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Viñedos del Contino Blanco 2014.


Puntos El Alma del Vino... 18(20).

Uno de esos días en los que cansando de corsés cerriles, quien dirige este blog se decide por dar un volantazo y animado por las luces y el ambiente de la logroñesa calle Laurel busca la novedad, e incluso la transgresión. A fin de cuentas disfrutar tiene poco que ver con el cumplimiento purista de las normas. La Taberna del Tío Blas y una cazuela de barro de untuosos callos, ese matiz picante que les da escolta y la sensación de disfrute ya mencionada, que hasta me hace pedir una cuchara en lugar del tenedor presentado de inicio. Soberbio guiso de este establecimiento, que aglutina tradición y leyenda, y que a los que disfrutamos de la literatura nos traslada, por ejemplo, a la picaresca de Guzmán de Alfarache, novela de 1599 escrita por el autor sevillano del Siglo de Oro, Mateo Alemán, revoltillos hechos de las tripas, con algo de los callos del vientre. 
¿Por qué no lidiar el bendito toro con un vino blanco?. Ni corto ni perezoso, leo en la pizarra del establecimiento la presencia entre sus ofrendas al cliente, del vino blanco de Contino, una de las niñas bonitas del enólogo Chus Madrazo y solicito una copa, mientras salen los callos, primero catar el vino, después conjugarlo con las golosas piezas de casquería.
Tercera cata en el tiempo de esta conjunción varietal que incluye una base mayoritaria de viura, con aportes complementarios de malvasía y garnacha blanca. La primera vendimiada en el Pago del Lentisco, aluvial terreno, en el pedregoso San Gregorio La Tabla y en Finca Santa María. Malvasía de Pago Las Anchas, aluvial, arenoso y pedregoso. Garnacha blanca procedente de San Gregorio Encina, terrenos arcillo calcáreos y plantas más jóvenes que las del resto de parcelas seleccionadas.
El afanoso trabajo de los removidos de lías que Madrazo realiza con mimo, que finaliza cuando al de seis ó siete meses mediando cata, decide trasegar y devolver a depósito. No hay lugar para una fermentación maloláctica y desde luego y a la hora de armonizar este vino con unos callos, este matiz se agradece, ya que como puntualizó Chus cuando le informé de mi supuesta herejía culinaria, esa acidez..., dando por bueno que mi osadía tal vez no lo fuera. Esa ausencia de maloláctica motiva entre otras cosas la preservación de la benemérita acidez.
En copa parada esgrime un cromatismo cetrino brillante con reflejos pajizos, nariz que expresa nostalgias de fruta blanca, cítricos y membrillo, con una segunda instancia ligeramente floral y un núcleo de fragancia de perfil balsámico, dejando en el epílogo guiños tostados suaves que me recuerdan a frutos secos. Hay una mueca cremosa en la aromática. Boca golosa, con la fruta bien presente en el paso, punto graso y untuoso, con la traza de acidez prolongada y sabrosa, motiva la salivación. Buena persistencia, suave en las formas e intenso en el fondo, con la dotación de frescura impecable. Retronasal que habla de la fruta y de la influencia del roble francés y húngaro utilizados en la fase de fermentación en barrica, con nostalgias de limón, ciruelas claudia, membrillo, melocotón de viña, cierta seña pastelera, con flores blancas y amarillas más rezagadas y un eje balsámico de hinojo. Cremosidad y almendra tostada, alcance, llegada y sapidez.
Lo califico en esta tercera cata realizada el once de marzo de 2017 entre muy recomendable y más que muy recomendable. Mantengo la calificación de las anteriores incursiones personales a esta referencia de Viñedos del Contino, añadiendo que el perfil de este vino blanco va in crescendo, en cuanto a finura y elegancia. El tiempo y la botella hacen su trabajo.
Incluyo en el encabezado las fechas y crónicas de las dos catas anteriores, mediante dos enlaces.
En lo que respecta al hilo conductor de vino blanco y callos, poco que añadir. La acidez del vino y esa seña de frescura que se equilibra con cierta nota de untuosidad, limpian la correcta estructura agelinada de los callos paliada de un modo eficiente por el caliente presencial que surge de la pequeña cazuela de barro.
Acidez y frescura de un vino blanco fermentado en barrica que le fue de mil amores a la celestial exposición gastronómica de la Taberna del Tío Blas.
Disfrute garantizado.

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En copa parada exhibe un cromatismo violáceo intenso, nariz que percibe recuerdos de fruta roja y negra en sazón, punto aromático goloso y algunas notas de mermeladas. Flores y lavanda, con fondo balsámico pleno y largo, redondeando el perfume.
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