sábado, 8 de julio de 2017

Alfredo Maestro Tejero Lovamor Albillo 2016.




Alfredo Maestro Tejero dispone de parcelarias de viñedo en al menos cuatro provincias de la geografía vitivinícola española, Madrid, Valladolid, Segovia y Avila, y de ellas surge el corazón de un proyecto cercano, acomodado a métodos de trabajo que buscan como resultado final lo excepcional a través de la simplicidad en la elaboración, dejando que sea el campo y la viña quienes expresen y encandilen al catador y bebedor. Maestro Tejero ha ensalzado en más de una ocasión el perfil de naturalidad en los vinos, una filosofía biodinámica, afirmando en más de una ocasión "...con el paso del tiempo trabajando la tierra y la viña con tus propias manos y a costa de tus riñones, uno se da cuenta que para que el vino transmita lo que traen las uvas, no hay que interponer ó añadir nada en las elaboraciones. En la tierra sucede lo mismo, si quieres que las uvas cuenten de donde vienen, hay que intervenir lo menos posible en el cuidado y mantenimiento de la viña, planta, tierra y entorno".
Se puede exponer más alto pero no más claro. Viticultura lógica y natural, así define Alfredo su criterio personal. Lovamor 2016 y su original etiqueta con los principales protagonistas de uno de los más famosos cuentos de transmisión oral de la historia, ambos en amorosa disposición, representa un vino blanco seco monovarietal elaborado con fruta de la casta albillo, uvas cosechadas en terrenos ubicados en altura, con variedad de suelos y exposiciones, y fechas de plantación que alcanzan otros siglos. Tras la cosecha manual se traslada la uva a bodega y allí se procede con despalillado y estrujado, paso previo a la maceración con propios hollejos que se prolonga durante una semana. Fermentado alcohólico en depósitos de acero inoxidable, usando levaduras autóctonas. El vino se mantiene limpio y estabilizado, buscando la intemperie y el frío de la zona, evitando la maloláctica.
La albillo centenaria de Maestro Tejero no es mágico, pero sí telúrico, ofrece tras el descorche y en copa parada un esbozo cromático amarillo intenso y dorado, con insinuaciones gualdas marcadas, oro viejo que presenta guiños de natural turbiedad, dice un buen amigo que en la estética aparenta más zumo de manzana que de uva, y le explico aquello de la biodinámica, del concepto naturista, de esa desnudez que algunos con el tiempo llegamos a entender, pues la estética cambia y evoluciona con los tiempos, huyendo de academicismos y purismos. Viene luego lo mejor, con la nariz alcanzando nostalgias de manzana reineta horneada, limón y membrillo, ciruelas claudia maduras, flores secas y bosque, con fondo de resinas y cereal, finalizando con una esencia mineral que habla de tierra humedecida por tormenta estival y algún pedregal. Hay algunos matices que me devuelven escenas del pasado, paseos por la ribera del río, emotividad silvestre. Gestiona una entrada en boca en donde hay un buen equilibrio gustativo, la acidez bien enfilada, sensaciones grasas en el paso, frescura y una calidez bien integrada en el conjunto. Longitud no le falta, tonos de sugerente amargor, estos en clave mineral, dentro de su rusticidad, palmaria, hay espacio para una ferviente sutileza, el vino deja escapar detalles primorosos, afinados, que a título personal podría definir como emotivos.
Alcance y llegada, con el nervio deseable en un vino, esa viveza que lleva a insistir llenando otra copa, tras terminar la primera. La fase retronasal habla de cítricos suavemente escarchados, algunos tonos que recuerdan también a arropes ingleses, membrillo y fruta blanca de pepita, ciruelas claudia en sazón, flores blancas y amarillas casi otoñales, ambiente boscoso, hojas en el suelo, cañaveral, brezo, con resinas y un punto que memora hinojo, cereal y en el epílogo evocaciones de mineral y terrosidad salpicada con agua de tormenta. Sugestivo tono de amargor final que prolonga su expresión. Lo califico en esta añada 2016 entre muy recomendable y más que muy recomendable.

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