sábado, 17 de junio de 2017

Noelia De Paz Grizzly Prieto Picudo 2011.




La vitivinicultora leonesa Noelia De Paz demuestra orgullo por una tierra y pasión por un trabajo cuando uno la observa desde la comodidad del sofá de casa en alguna de las entrevistas concedidas a medios e insertas en las redes sociales, Tierra de León y Prieto Picudo, una ecuación que deja a las claras la legendaria esencia de esta variedad en aquellos parajes y que al fin, con este Grizzly 2011 deja atrás en mi opinión esa etiqueta malediciente que algunos utilizan para ligar vinos rosados y prieto picudo como si no hubiera más recorrido. Cuevas de Valdevimbre, un tesoro del patrimonio cultural leonés y por ende español que va ligado a la esencia de esta variedad, autóctona del municipio de la comarca del Páramo donde las coníferas y marcescentes dan empaque al paisaje bioclimático. La cuenca del río Cea y Los Oteros completan el hábitat natural de la prieto picudo. Noelia deja atrás madreos y se centra con Grizzly en buscar un referente en donde quede probado que la uva leonesa es capaz de madurar bien enfocada con un aporte de madera en su crianza, y prolonga la permanencia en roble francés durante treinta y seis meses, ambiciosa apuesta que a juzgar por el resultado me aporta una convincente sensación personal.
La altitud media de localización de cepas oscila en esta zona de León entre los setecientos sesenta y los ochocientos diez metros sobre el nivel del mar, y los suelos en donde se asientan las viñas presentan un concepto aluvial y arcilloso, con influencias climáticas atlánticas suaves.
De Paz realiza una selección personal de la fruta que usará en la elaboración, contemplando la colaboración de agricultores de la zona, buscando siempre preservar la identidad de la casta y del terreno, obteniendo como resultado un vino que requiere algunos minutos de paciencia, tras el descorche. En copa parada afirma una cromática picota reafirmada con tonos grana, rubí, limpieza estética, la fruta aparece en primer instante de nariz algo vestida por la madera, con notas especiadas dulces y tostadas que parecen imponerse, aunque tras una conveniente aireación, la fruta alza la cabeza, roja y madura, con apuntes confitados y serenos, fina seña de licorosidad. Brillos evocadores de panadería y vainilla en segunda instancia, con un punto central balsámico que memora regaliz y un final en el que confluyen retornos de frutos secos y granos de café tostados.
Lo intuyo en un momento óptimo de consumo, sobre todo para quienes idolatramos los vinos finos, ese concepto que los riojanos de nacimiento y adopción tanto valoramos.
En el avance de la cata, y tras seis minutos de análisis olfativo, la boca arranca con suavidad, potencia frutal, cierta dosis de elegancia, el punto de la madera más ajustado y fino, sí exhibe cierta nota secante aunque no me preocupa en absoluto ya que ni es exagerada ni altera la personalidad de la fruta madre, muy bien plantada en el rol protagonista. Es un vino que podría calificar como emotivo, menos arriesgado seguramente de lo que algunos pueden pensar, con la tanicidad de la prieto picudo resuelta y amable. Buen despliegue de acidez, goloso pero no dulce en exceso, adecentado pero no manipulado, franco en su proyección y con una persistencia que acredita buenos modales.
La vía retronasal habla de cerezas y ciruelas rojas, más lejano recuerdo de endrinas, arropes y vainilla, mueca suave de caramelo, pan tostado y regaliz, con epilogo de almendra tostada y esencia torrefacta, esta más aletargada.
Sapida conclusión, con la fruta más alzada cuanto más servicios en copa se realizan. El tiempo y la paciencia le hacen brillar, ideal pues para acompañar una buena comida ó una de esas cenas con tertulia. Lo califico en su añada 2011 como muy recomendable.

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