viernes, 9 de junio de 2017

Bodegas Carlos Serres Marysol Cosecha 2016.




Tras esta etiqueta cuya protagonista parece surgida de los fotogramas percutores de un film al uso de Quentin Tarantino ó Robert Rodríguez, se esconde en realidad un vino blanco semi dulce, nacido de los criterios enólogos de Roberto De Carlos. Carlos Serres es una de esas bodegas cuya producción afronta unos cauces geniales en la siempre compleja relación precio calidad, defendiendo en el mercado vinos singulares, muy en la linea que el consumidor final busca, sin algoritmos ni integrales de difícil comprensión, francos, sencillos y que, yo creo, buscan ante todo reflejar la grandeza de la denominación a la que pertenecen. No suelo contar estas anécdotas comprometedoras, pero esta viene al caso. Hace ya un tiempo, realicé con unos apasionados amigos del vino, una de esas catas ciegas que tanto narran y tantas vendas quitan de los ojos. Entre una selección de seis vinos tintos de la denominación de origen Rioja, se encontraba una referencia de más ó menos lustre de esta bodega de Haro. El resultado fue ensordecedor en cuanto a elogios a ese vino en relación con los demás, algunos de ellos relumbrantes en cuanto a su origen. No diré por respeto cuales eran los otros, pero más de uno se llevaría una sorpresa. Experiencias personales al margen, en lo que se refiere a este nuevo lanzamiento de Carlos Serres, estamos delante de una conjunción varietal de las castas viura y sauvignon blanc, recuperando el activo de una marca comercial, Marysol, que esta bodega de Haro utilizó en el pasado, durante una etapa en la que la influencia francesa y los legendarios Sauternes tuvieron cierta raigambre entre las bodegas seculares de la localidad jarrera. Hoy en día su emplazamiento es distinto, según los responsables de Serres se busca mediante esta monja guerrera, atraer al público joven a esta apasionante cultura.
Con treinta dos gramos de azúcar residual por litro, y mediante una fermentación alcohólica vigilada y bajo control de temperatura, que tiene lugar en depósitos de acero inoxidable, se trata de un vino que aporta en copa parada matices cromáticos amarillo brillantes, suave palidez, con reflejos acerados y en menor medida cetrinos, dejando en nariz recuerdos cítricos que se acompañan por una amalgama de memorias de fruta blanca con hueso y pepita, ciruelas claudia maduras en sazón, melosidad y frescura olfativa, esbozando menores percepciones florales y alguna sensación balsámica que se rodea con evocaciones herbales. La nariz sí acredita ese fino dulzor, esa golosa presencia, que en boca se hace más palpable. Arranca en la fase gustativa con un buen equilibrio entre dulzor y acidez, se extiende con una credencial cremosa de media intensidad, buen despliegue de frescura, volumen medio y llegada al paladar que provoca la salivación.
Amable y juvenil, con la persistencia bien expresada. La retronasal afirma recuerdos de limón, melocotón de viña, ciruelas y pera de agua, sentido meloso y balsámico en el eje y final floral y silvestre muy fino.
Sin ser yo un aficionado a los vinos dulces y semi dulces de Rioja, este me ha gustado por su brillante equilibrio expresivo. Lo califico en esta edición de cosecha 2016 entre recomendable y muy recomendable.

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