domingo, 25 de septiembre de 2016

Bodegas Bilbaínas La Vicalanda Gran Reserva 2010.




Vino catado durante la jornada profesional del evento La Cata del Barrio de la Estación, celebrada en ese singular paraje de Haro en fechas recientes. La Vicalanda Gran Reserva, en edición de añada 2010, es uno de esos vinos de impacto, que comienzan seduciendo por su potencial e intensidad y que tras su pertinente cata, te hacen una promesa de futuro. No es que el vino se interprete bajo la insatisfecha sensación de verdor, a veces se utiliza este calificativo para los vinos que tienen aún mucho recorrido por hacer en el interior de la botella y mediando una guarda responsable. No me gusta ese término. El verdor en el mundo de las catas del vino es un sintoma de mala maduración de la fruta, de inconsistencia gustativa, de estridencia percutora. Nada de esto es aplicable a mi cata de este vino lozano, pleno en alcance y sustancioso en las formas. En cambio sí considero que es un vino para ser tomado en cuenta, con vistas de futuro. Un Gran Reserva de Rioja de la añada 2010 merece tiempo, espera, paciencia y pocos estímulos enófagos.
Uva de la casta tempranillo procedente de viñas que acreditan una antiguedad media de más de treinta años, con un rendimiento basado en dos kilogramos por cepa y localizadas en las fincas Vicuana Alta, Zaco y Cuervo 4, todas ellas con suelos de composición calcárea y cascajosa. Mezcla de climas atlántico y continental, siempre dentro de los lindes de la localidad riojalteña de Haro.
Cuando la fruta llega a bodega, tras la vendimia, se procede con un despalillado y un suave estrujado, encubando después el mosto e iniciando el fermentado alcohólico con una larga maceración. Comienza después la maloláctica en barrica, durante doce meses, con permanencia sobre propias lías y trasiegos. Retorno a las mismas barricas de madera nueva, tostado medio, de roble francés Allier, continentes en donde se lleva a buen término la maduración, prolongada durante veinticuatro meses.
Antes de su salida al mercado, se afina en botella y en los calados subterráneos de la bodega, durante un tiempo adicional de tres años.
En copa parada asoma un cromatismo apicotado de muy buena intensidad, con reflejos púrpura, desliza en su proximidad aromática evocaciones de fruta negra en sazón, segunda instancia especiada dulce, con balsámicos en el centro y algunos tostados suaves que se conjuntan con recuerdos ahumados y de frutos secos. Finaliza con algunas nostalgias que a título personal me han enviado notas de matorral silvestre. La fruta siempre por delante, lozana y vivaz, con las influencias del roble francés menos marcadas. Equilibrio en la complejidad del perfume.
La boca abre golosa, con frescura y sapidez, buen despliegue de la traza de acidez, volumen y estructura. Taninos marcados y con un pequeño punto de astringencia, que en cualquier caso resulta integrada en el conjunto, me resulta agradable. La expresión tánica del vino aporta personalidad, fidelidad varietal, siendo esta también un detalle de relevancia en la persistencia. Es uno de esos vinos que merecen ser seguidos de cerca, haciendo valer los tiempos de guarda, comprobando como va evolucionando. La retronasal abunda en testigos de moras, ciruelas negras, con ahumados, especiados y tostados en la continuidad, balsámicos en el centro y un final pleno y sabroso en longitud y alcance. Ofrece un epílogo en donde los matices silvestres y un ligero anuncio de mineralidad se recrean y conceden buenos instantes de expresión.
Lo califico en esta añada 2010 y en su presente, como muy recomendable.
Ganará más enteros, de ello estoy seguro y espero comprobarlo para, como siempre, poder compatir impresiones como mis lectores.

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