viernes, 2 de septiembre de 2016

Bodega Compañon Arrieta El Cosmonauta y El Viaje en el Tiempo 2015.





De esos vinos que se recuerdan. Presentado en formato mágnum, por aquello del argumento que establece que los vinos naturales viven mejor en amplios espacios de expansión, y elaborado con fruta procedente de la parcela Monte Viñaspre, cuyas cepas fueron plantadas por el abuelo de Gorka, Teodoro, allá por los lejanos años cuarenta, El Cosmonauta y el Viaje en el Tiempo rinde merecido homenaje a un modo de viticultura y a unos patrones legendarios de cuando el vino ofrecía menos endomingadas campañas de cursilería y menos debates infructuosos sobre este alimento de la humanidad. Es descorchar la botella, dejar que surjan de su interior los duendes del morapio y asentir con la cabeza, recordando el consejo certero de sus autores, en el sentido de mantener la botella en modo vertical, por aquello de las lías y del aún mantenido proceso de fermentación. El tapiz turbio que muestra la copa tras el primer servicio nos aleja de manteles de hilo y reivindica el campo en donde se expresa la viña, con una intensidad violácea que se magnifica gracias a una conjunción varietal en donde al menos un cuarenta por ciento corresponde a uvas blancas, y en donde Itxaso y Gorka identifican entre otras, las siguientes castas : garnacha, tempranillo, viura, malvasía y turruntés. Vino que busca un viaje en el tiempo, y que alza la vista hacia el pasado, reivindicando la necesaria identidad de una denominación y la idea, que a veces pasa desapercibida, de que hace setenta años y más atrás, nuestros antepasados también gozaban con un vaso de bon vino, tal y como dijo y escribió en cierta ocasión mi admirado Llano Gorostiza.
No hay posibilidad de esnobismos en este viaje en el tiempo, pues detrás de una etiqueta más ó menos llamativa, la proximidad certera al interior de la copa, te despierta de un posible sueño irrelevante, de una idea preconcebida errónea ó de una galeria de insulsad proclamas.
El Cosmonauta y El Viaje en el Tiempo, en esta edición de añada 2015, y con su producción limitada a doscientas cincuenta botellas, argumenta una elaboración conjunta de uvas tintas y blancas, grano entero con raspón, en lo que Gorka define como semi maceración carbónica. Ni aditivos, ni sulfitos, vino en el perfil de plena naturalidad.
En copa parada esgrime un lienzo de ligera turbidez en el inicio, con un cromatismo apicotado violáceo, reflejos malvas, deslizando en su primera cercanía aromática recuerdos de fruta roja y negra en sazón, guiño cítrico suave y bien integrado en el conjunto del perfume, segunda instancia con valoraciones de pétalos florales, esbozos silvestres y balsámicos, con la sugerente fruta siempre en primer término. Fragancia de fruta y campo, que deja paso a una boca golosa, que va de menos a más, iniciando con timidez y centrando la expresión gustativa del vino durante el avance, con media condición de acidez, pero en todo caso sabrosa frescura, ufana lozanía, retornos de mosto, corazón que late al mismo ritmo armónico que la fruta que le da vida.
No es un vino en efecto para manteles de hilo, lo es para hule de cuadros blancos y azules.
Rusticidad variable, con una buena seña de persistencia, el paladar se muestra encantado de la ducha de fruta que recibe, hay taninos pero no aparecen marcados en exceso, y en la retronasal habla de moras y cerezas, fresas de mata, ciruelas rojas y negras, limón y hierbas aromáticas, pétalos florales rojos y violetas, fruta blanca con hueso, regaliz e incluso apunto nostalgias de té rojo y de muy suave mineralidad, con algunas evocaciones que me recuerdan a caja infantil de colección de rocas y minerales.
Nunca sabremos si este es el perfil de vino que se bebía hace setenta años y más allá, pero lo cierto es que beberlo en compañía de los más mayores de la casa, sí puede dar una aproximada idea. Yo lo hice, y comparativas al margen, quien lo bebió puedo asegurar que disfrutó, probablemente más que yo mismo.
Lo califico en esta añada 2015 como muy recomendable.

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