miércoles, 29 de junio de 2016

La Batalla, loa al jarrerismo.


No puedo presumir de ser un fiel habitual en la gran fiesta de Haro por excelencia. Y ello, me da pena, pero lo cierto es que durante mi vida he tenido que afrontar casi siempre, otras obligaciones laborales que no me han permitido asistir a la feliz batalla, esa gran batalla vinícola que pasa por ser una de las fiestas más peculiares y simbólicas de cuantas proclaman su identidad por el mundo. La Batalla del Vino de Haro y yo tuvimos cercanía en al menos cuatro ediciones, y no fueron más por culpa de mi trabajo. De aquellas veces, en plena juventud de quien escribe estas líneas, recuerdo una divertida noche sin dormir, una noche en la que La Herradura de Haro y sus inmediaciones se visten de color, de cachondeo y de amistad, primero con exaltaciones gastronómicas en perfil de cena riojalteña, después con un carajillo en la Plaza de la Paz, siguiendo con un desfile apasionado de copas y conversaciones de oreja, asistidos por la ensordecedora música procedente de mil coplillas que engalanan la noche, en espera del amanecer. De la Batalla del Vino de Haro me quedo con mil recuerdos, pero sobre todo con el aroma a uva y a vino, a caracoles a la riojana, a pan de pueblo y cazuelas, a pimientos rellenos y preñaos bucólicos, que ya no saben como los de antes.
Noche sin dormir, amanecer y lluvia violácea, ropa empapada, charangas y una lejana trompeta, y la estampa distinguida y tozuda del santo, el legendario San Felices de Bilibio, cuya silueta está tan ligada al vino y el viñedo, como la ciudad de Haro.
Criticar la existencia misma de la Gran Batalla, es sinónimo de no conocerla. Como ya lo han hecho algunas mentes puristas en tiempos recientes de un modo cuanto menos irrespetuoso, la crítica a la Batalla del Vino es un eructo inconsistente, un vómito irrelevante, una chanza incapaz. Porque lo que emerge desde las inmediaciones de la capilla del santo, esa mañana, no es el vino arrojado, ni siquiera debatir si el vino que se tira es bueno, malo ó peor, ó si la gente nada entre mareas de alcohol y demás evangelismos estériles, lo que en realidad emerge desde Bilibio esa mañana es la pasión, la leyenda, la fábula y la realidad, la puesta en común de un saneamiento de los problemas acumulados durante el resto del año, el amor por la cultura del vino y el respeto absoluto a un paraje en donde la historia y el vino de Rioja se dan la mano. Un paraje que esa misma mañana se tiñe de violeta y se riega con una diestra obsesión, la que encierra diversión y camaradería.
Dicen en Haro que ser de Haro y no haber estado alguna vez en esta guerra de diestros guerrilleros, es no ser de Haro. Ni carlistas, ni el simpático malandrín Carrión, lograron que el vino dejara de arrojarse como seña de identidad y bautismo jarrero, y el veintidós de marzo de 2011 el concejo de Haro logró al fin el ansiado y merecido título de Fiesta de Interés Turístico Nacional, orgullo y reconocimiento de una actividad lúdica que alberga sentimientos diversos.
Para quien este blog dirige, la Batalla del Vino es parte de mi vida, tanto en la lejanía como en la cercanía de esas ropas blancas teñidas de morapio, parte de una ilusión, de una cita inexcusable para quien sabe que el vino más placentero es el que se comparte, por encima de excéntricos purismos y rebanadas de idioticia crítica. Una vez al año desde tiempo inmemorial, Haro y sus cercanías se visten de felicidad, de sana lucha por ver quien sale más morado del litigio, de una tradición que mantiene viva la bandera del jarrerismo locuaz, afable y golfo, ese jarrerismo sin el que Haro sería otra cosa, pero desde luego, nunca sería Haro.
Esta mañana, cuando estas líneas salgan a la luz, la Batalla del Vino estará finalizando, con las vueltas a la Plaza de la Paz a punto de celebrarse,  y un año más la magia del vino habrá tenido sus consecuencias, llenas estas de pasado, presente y futuro.
Tiempos de la Gran Batalla, la profusa, emocionante y divertida batalla que hace de Haro y de los riscos y campas de Bilibio, algo más que simples puntos geográficos.

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