sábado, 21 de mayo de 2016

Bodegas Mitarte Mazuelo 2011




Es esta una de esas referencias del mundo del vino por la que uno siente un amor especial, cariño que procede de haber sido uno de los primeros vinos que tuve la suerte de catar de barrica, allá en el pasado, cuando mi recorrido profesional por este mundo se iniciaba.
Catar de barrica, cuando el vino aún no ha empezado a embotellarse, es para mi siempre un lujo, a la par que un ejercicio de aprendizaje y perspectiva.
Cuando la varietal propuesta es la mazuelo de Rioja, y en el caso de Mitarte, además, procedente de viñas viejas, la cuestión cobra mayor relevancia. Sabe la familia Gil de Labastida, que en sus dominios de San Ginés, uno siempre aprende gracias a su generosa cercanía y a sus espontáneos manuales de vitivinicultura.
Tras catar el vino y en esta oportunidad, quise compaginarlo con un arroz de propia manufactura, en donde el aporte de algunos trozos de conejo campero, hicieron del momento algo más que un simple escarceo culinario. Comida y mazuelo, digno matrimonio que ofrecer a los sentidos.
Selección del fruto en el viñedo, maceración con hollejos y fermentación alcohólica bajo control de temperatura, acreditando una maduración de veinticuatro meses en barricas de madera de roble francés y americano. Es este un vino de paciencia tras el descorche, un vino para disfrutar y gozar, de esos que inician con timidez y que acaban siendo parlanchines, que marcan músculo y viveza. En este mismo blog y con fecha veintiséis de abril de 2013 puede el lector enlazar con mis impresiones sobre la añada 2008 de esta misma etiqueta y también sobre aquella experiencia primeur, precisamente dedicada a esta edición 2011 que ahora he catado y degustado embotellada y puesta en el mercado de modo definitivo.
Perspectiva siempre en la memoria del catador. Y en efecto, veo un vino que como aquel de barrica presume de buena concentración de azúcares, bien afinada, fácil de entender, afable y dentro de su bendita simplicidad, muy elegante. Da gusto comprobar cómo progresa un vino desde el concepto barrica al de botella preparada para servir al gusto del consumidor.
Uno de los detalles que recuerdo de aquel vino aún incipiente era su intenso cromatismo, que sigue mostrando con orgullo, tal vez, lógico, más madurado. Apicotado intenso con reflejos púrpura, magnífica presencia, nariz que habla de fruta roja y negra maduras, especiados dulces ligeros, con una brisa ahumada suave y recuerdos de pétalos florales rojos y violetas, débiles tostados que no encogen la personalidad de la fruta madre, equilibrado en su expresión. Notas balsámicas y de hojas de tabaco, que redondean y dejan un guiño de complejidad en el perfume.
Sabroso y jugoso en el arranque, prolongado y con músculo en el avance, exaltación de la concentración, taninos golosos y pulidos, abraza la fruta el paladar.
Estupenda persistencia y en la retronasal esas nostalgias de cerezas, moras y ciruelas rojas y negras, vainilla fina y un matiz tostado contenido que no nubla la fruta, antes bien la escolta, pétalos florales, regaliz y un final entre silvestre y memorando tabaco.
En mi cata primeur, mereció un muy recomendable. Hoy entre muy recomendable y más que muy recomendable. Frescura y potencial.


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