jueves, 28 de abril de 2016

Francisco, nuestro mejor amigo es el vino



A veces uno se entera de las noticias, buenas y malas, con el retraso suficiente para darse cuenta de que esta vida que nos toca vivir, no es todo lo justa que debiera.
Francisco Calvache falleció el pasado año y uno que a veces presume de estar tan introducido en las redes sociales como para no dejar escapar noticias de este calado, ni se enteró.
Francisco, al que no pude conocer in situ, siempre me apoyó en esta labor de amor y divulgación de la cultura del vino. No en vano fue uno de los primeros bodegueros en colaborar de modo desinteresado con este blog, en compañía de su hija Cristina, una joven enóloga formada en La Rioja. Con Francisco compartí algunos mensajes a través de Facebook y alguna conversación telefónica. El como quien esto escribe, sentía pasión por la cultura del vino y por su Alboloduy y su Andarax, paisajes naturales llenos de belleza a los que más de una vez me invitó, sin que por aquello de que la obligación es antes que la devoción, pudiera yo echarme la manta encima y recorrer la distancia que me separa de aquellas tierras.
Francisco me envió en una ocasión un mensaje que me llenó de satisfacción personal, felicitándome por un artículo que escribí en el blog titulado Mi mejor amigo, el vino, fechado en una entrada del primer día de noviembre de 2013. En aquel mensaje me confesaba que se había emocionado leyéndolo y que lo había recitado a un grupo de jóvenes que visitaban la bodega.
Sin haber estado delante suyo, y sólo por las palabras que pudimos intercambiar, me consta que Francisco Calvache era uno de esos hombres apasionados con su trabajo, defensor de la naturaleza, librepensador y sobre todo cargado de buenas dosis de humanismo. No preciso lanzar rosas a su memoria, porque ni soy yo quien para hacerlo, ni mis rosas van a aportar a estas alturas mayor conocimiento de su persona. Pero no podía hacer menos que honrar su memoria, dedicando un espacio y un día del blog a quien me demostró con creces que el vino une a desconocidos, incluso desafiando la distancia, que el vino sirve a la causa del hombre no sólo como el alimento que es, sino también como enlace social y humano.
Francisco, tonto de mi, dejó un día un mensaje en su cuenta de Facebook avisando que iba a emprender un viaje y que estaría ausente. No capté aquel día cuál era el sentido de su misiva. Hoy que lo sé, solo puedo decirle, allá donde esté, que sigue presente desde el silencio. No está ausente. Su legado y su defensa de las tierras del Andarax, desde el cerro de Almirez hasta el Mar Mediterráneo, con la ribera del río del mismo nombre dando curso al valle, siguen vigentes pese a su forzada ausencia. Suelos de pizarra, arcilla y arenisca y múltiples varietales que cumplen con rigor el ciclo vegetativo de la vid a buena altura sobre el nivel de mar, dan un perfil de esa zona vitivinícola almeriense, que Francisco defendió y pregonó hasta la extenuación.
Hoy, aunque sea con un imperdonable retraso por mi parte, quiero dejar en este espacio mi pequeño homenaje a alguien que como yo, creía en el vino más allá de su valor alimentario y ocioso. Alguien que, desde la distancia y con pequeños mensajes y conversaciones, supo transmitirme su pasión.
Descansa en paz, querido amigo y en efecto, estate seguro de que tanto en tu caso como en el mío, nuestro mejor amigo siempre será el vino.

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