domingo, 6 de marzo de 2016

Dignifico, dignificas.


Con todo el rollo fácil de que hay que atraer a la juventud al vino, con todo el ataque gratuito buscando los culpables de siempre, se nos olvidó por el camino que a lo peor nos estamos dejando la parte más importante del guión en la cuneta del sendero hacia la racionalidad.
Vender vino se ha convertido en una asignatura de licenciado en artes escenicas, en una actividad que convierte al triunfador en un marciano hispánico al que poco menos que hay que poner la alfombra roja cuando llega a la bodega, lanzando loas a su madre y a toda su ilustre parentela, siempre y cuando, claro está, haya cubierto de sobra los objetivos marcados ó incluso los haya sobrepasado.
La batalla sobre la lejanía de la juventud española respecto a la calidez atractiva de una copa de vino es ya una guerra perdida para quienes intentamos esgrimir, creo que con lógica y propia experiencia, que ni el vino es en sí mismo un producto para adultos maduros y acomodados, ni la juventud es un grupo pivotante entre cerveza de barril y bebidas edulcoradas y plagadas de cromatismo artificial.
Siempre mantengo que yo con dieciseis y diecisiete años consumía cerveza, pero también buenos y más ó menos fáciles y amables vinos de Rioja. Aquellos gravonias matinales en La Herradura, aquellos bikañas de tarde en idéntico ilustre emplazamiento. Nadie me acercó más al vino que mis padres y abuelos que siempre tenían una botella de Rioja en la mesa de casa, tanto a la hora de comer como de cenar. Jamás hubo negación a mi cercanía racional al vino, nunca se demonizó su consumo y manejo en el hogar familiar. Incluso y tal y como el otro día me comentaba Basilio Izquierdo que sugería el estimado Emile Peynaud, en casa de mis padres y abuelos hubo costumbre de servirnos vino a mi hermana y a mi, mezclado con agua, a temprana edad. Ni ella ni yo hemos crecido alcoholizados.
Vamos ahora con los precios. Nadie le pone el cascabel al gato. En realidad, ni el consumo del vino es para multimillonarios, ni siquiera todos los vinos buenos tienen que ser caros en exceso. Otra cosa es el margen que aplique cada establecimiento de hostelería y restauración. Hay veces que uno se hace cruces cuando lee el precio de venta al público de algunas etiquetas, en restaurantes y bares que ni siquiera cuentan con un sommelier, ó con un manejo y cuidado del servicio como mandan los cánones mínimos de exigencia. Botellas descorchadas hace varios días, temperaturas inapropiadas, ignorancia absoluta sobre qué se está sirviendo en copa y precios que triplican y cuatriplican a veces, el margen puramente racional.
Estrangular al vino sin siquiera esforzarse en dignificarlo.
Luego llegan las quejas, los artículos pelmazos, los críticos demagogos y la misma tontería de siempre, la gente joven no bebe vino porque en España hace mucho calor y otras bebidas refrescan más. La noche de la juventud española del presente no encaja con copas de vino. La gente joven no tiene presupuesto para beber vinos. Para ello, lo mejor, lo más racional y pragmático, es inventar vinos que no lo son, mezclas corrosivas que atraigan a la juventud, cuando en realidad y con tanta mamandurria, lo único que hacen algunos es alejar más y más a esos jovenes de lo que en realidad es un vino, y por ende de su cultura. Firmar la sentencia de muerte para que el día de mañana, los jovenes sigan pensando que el vino es una bebida prohibida por precio, por aburrimiento y por simple negación a lo desconocido.
El vino es un alimento y si ustedes, amigos lectores, hacen la prueba como yo, de preguntar al azar a personas de diferente condición como lo definen, verán que todos usan acepciones diferentes, pero que prácticamente nadie habla de alimento.
Su consumo racional, el aprecio y la cercanía a su esencia y cultura, su comprensión fácil, y sobre todo su dignificación, son elementos que fallan en este pais. Estoy cansado de pasar sana envidia cuando veo que en las teleseries norteamericanas y en muchas películas francesas, alemanas, inglesas e italianas, en el presente, los protagonistas y secundarios consumen una copa de vino cuando menos te lo esperas. Que incluso han aparecido algunos vinos españoles en películas de otras nacionalidades y que en este pais seguimos rasgándonos la piel cuando algún ilustre escribano con pretensiones críticas sobre algo que ni conoce, ni realmente le interesa, decide lanzar sus dardos contra enémigos inexistentes. Una tropa de quijotes que pierden su tiempo y pretenden hacer que los demás entremos al quite. Yo creo que quien no dignifica al vino y a su cultura, no puede después lanzar arengas patibularias buscando el aplauso fácil. El vino es como la educación, desde pequeños y en casa de cada uno. Después llegará la escuela y las relaciones sociales que cada uno elija, y sin duda será en parte del destino quien pondrá su granito de arena en fortalecer nuestra relación personal, la de cada uno, con el vino. Gustos aparte, creo que el vino merece ser respetado, valorado, tratado con ilusión, sin más contemplaciones que un mínimo sentido común. Ni todo vale con el vino, ni hay que vestirse de gala cada vez que nos tomamos una copa de buen vino.
El vino está ahí, presente, como lo estuvo en el pasado, y quienes fuimos más jovenes de lo que somos ahora, compartimos con él grandes ratos de ocio, de diversión y también de pasión.
Quienes más alejan a la juventud del contacto con el vino son luego quienes más se rasgan las vestiduras propias y las de los demás.
Eventos como La Cata del Barrio de la Estación de Haro, como los Primeurs de Bordeaux, como cada actividad enoturística que tiene lugar en las zonas vitivinícolas de toda España y parte del extranjero cada fin de semana, son un paso exitoso para que la juventud tenga el vino más presente, más cercano. Su visión diaria y habitual en el menú de casa es también un cimiento sólido. El buen trato, profesional y racional en cuanto a precio, que se debe dar al vino en los establecimientos de restauración y hostelería de nuestro variopinto pais, forma parte importante a la hora de dignificar el producto. La dignidad comienza donde la jactancia acaba, la del vino termina cuando la ignorancia se hace fuerte.

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