sábado, 19 de marzo de 2016

Bodegas Ojuel Vino Supurao Añada 2014




Vinos etnográficos y ecológicos. Esa es la escarapela principal de Bodegas Ojuel, la contraseña de Miguel Martínez, uno de esos elaboradores que en el ejercicio de su trabajo incluyen pasión, leyenda y respeto a la historia, no ya de una denominación de origen, sino también de sus gentes y antepasados, de esos hombres y mujeres de huerto y viñedo, que desde que Rioja existe, más allá de apelativos, han dedicado su laboreo diario a engrandecer el agro y la cultura vitivinícola tal y como hoy en día la conocemos, con pasado, presente y futuro en mayúsculas.
Durante la última edición de la Semana del Vino de Ollauri, celebrada hace pocas fechas, tuve la suerte de ser agraciado en sorteo con una muestra de este vino supurao, lección de historia y respeto s nuestros abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y quién sabe si más allá.
Sé que Miguel dió una charla explicando la identidad de estos vinos, a la que por desgracia no pude asistir, aunque la fortuna en un sorteo logró que me correspondiera una muestra de este capricho vinícola.
Vino supurao en el Alto de la yaya Irene, de ese modo lo presenta su autor, mencionando así la casa pairal de la familia localizada en el municipio de Sojuela, donde sus abuelos ya elaboraban este tipo de vino procedente de uvas pasificadas, secadas en colgaderas, tras el proceso de vendimia.
Un alto del caserón, tejas viejas, ventanas de madera y corrientes de aire cargadas de una bendita naturalidad que fomentan que secado y pasificado sean espontáneos y que se adapten al concepto mismo de vino ecológico, concepto este más emparentado con los sistemas de cultivo en el viñedo.
Tempranillos blanco y tinto, garnacha y viura, que conforman la identidad golosa, dulce y peculiar de un vino licoroso, sin estridencias ni rebuscadas complejidades artificiosas. Miguel descuelga los racimos por San Antón y después no los prensa, los truja, verbo activo que él mismo conjuga sin rubor y con el orgullo de quién sabe estar protegiendo un tesoro de nuestra cultura.
Capachos de esparto en la prensa manual y con el mosto obtenido, fermentado en frío con una parte de los hollejos, y tras un periodo aproximado de cincuenta días, después de varias trasiegas , se procede con el embotellado. Colgados cuatro mil kilos de uva que dan como fruto algo menos de mil litros de esta ambrosía de Rioja.
En copa parada muestra una cromática cobriza, con algunos reflejos anaranjados y teja, bien brillo, estampas amables y estéticas de aporte glicérico, sustancia óptica, con recuerdos pincelados de un buen brandy que abren una elegante gama de colores. Nariz que expresa recuerdos de fruta acompotada, navideña, nota de membrillo, confituras finas, flores secas, retornos balsámicos en segunda instancia que se unen con algún ligero guiño silvestre, he percibido una memoria de té y sensaciones finales de frutos secos.
La boca abre con finura, tiene un punto de acidez media que aporta longitud en el avance, línea glicérica ya intuida en su escenificación desde el interior de la copa, adaptando sus maneras al paladar y desplegando una sugerente envolvencia.
No es un vino denso, más bien expresa certera fluidez, teniendo en cuenta su sello de vino dulce, y en la retronasal se recrea en un sentido de fruta acompotada, orejones y piel de naranja, membrillo y almendra, mermeladas de albaricoque y ciruela, algunos guiños de flores secas, aquí con menor raigambre de la expresada en nariz, con final balsámico y suavemente silvestre.
Lo califico en esta añada 2014 entre recomendable y muy recomendable.
Vino etnográfico, un vino con galones dorados por la historia de los hombres y mujeres del viñedo riojano. Amigo Miguel, la yaya Irene estará muy orgullosa y nosotros, enópatas confesos, desde luego, os lo agradecemos. A ella por transmitirte el amor por las costumbres. A ti, por recogerlas y compartirlas.



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