viernes, 5 de febrero de 2016

Dominio de Tares Bembibre Mencía 2010.




Mi gratitud para los responsables de esta bodega alto berciana y en concreto a la enóloga Paula Fernández Trabanco por su desinteresada colaboración con este espacio divulgador de la cultura del vino, mediando el envío de esta muestra de su referencia Bembibre, monovarietal de mencía en su edición de añada 2010. Estamos delante de un vino tinto elaborado con una selección de fruta procedente de seis pagos diferenciados, viñas que cumplen su ciclo vegetativo asentadas en suelos de composición arcillosa caliza sobre pizarra disgregada y en condición topográfica de suaves ondulaciones, acreditando las cepas una antiguedad media de más de ochenta años y cumpliendo el condicionante de bajos rendimientos. Localización a una altitud de setecientos metros sobre el nivel del mar. En su proceso de vinificado se acredita una vendimia manual, con mesa de selección cuando la fruta llega a bodega, despalillado posterior sin estrujado y fermentado alcohólico en depósitos de acero inoxidable bajo control de temperatura, utilizando levadura natural y extendiendo el proceso durante veinticinco jornadas, con una maceración que incluye tres bazuqueos diarios y manuales y un descubado directo a barrica que se ejercita por gravedad. Maloláctica posterior en barricas y una maduración en madera nueva de roble francés que tiene lugar durante quince meses, con tres trasiegos y sin filtrados antes de llevar a cabo el embotellado.
En copa parada esgrime un cromatismo apicotado intenso y brillante, buena concentración estética con tonos púrpura y grana, defiende en la primera aproximación olfativa recuerdos de fruta roja y negra en sazón, hay guiños confitados, algunas notas balsámicas perimetrales en la fragancia y un esbelto y sugerente perfume que acompaña a la fruta fresca y que me ha evocado frutos secos, tostados y una mueca láctica y especiada que atiende a un perfil ligero, no marcado en exceso.
La fruta manda y lo hace con firmeza y elegancia, robusta y llena de golosas sensaciones aromáticas. Boca cuya entrada amanece con una cordial y orgullosa expresión jugosa, magnífica extracción que se deja ver en el avance, llena el paladar de fruta, hay ducha de fruta; envuelve y tras la cortina de potencia deja un reguero de terciopelo. Taninos golosos y con una leve astringencia que se enorgullece de serlo, y que en todo caso queda integrada en el conjunto provocando la salivación y las ganas locas de beberse la primera copa tras su pertinente cata. Nervio, músculo, emocionante, vibrante. Estupenda su persistencia y maravillosa esa sensación de estar catando un vino lleno de personalidad y carácter. La retronasal habla de cerezas, moras, frambuesas, carne rojiza interior de la breva, notas lácticas en el centro, con un desencadenante balsámico, regaliz, y una traza que apunto como recuerdos de frutos secos que lleva hasta un epílogo en donde la brisa se vuelve mineral, grafito y terrosidad. Hay un punto final exuberante que manifiesta una prolongada sapidez, en el que la fruta se regodea hasta el punto de que el telón no caiga, y siga la obra durante unos maravillosos minutos plenos en cuanto a alcance y llegada.
Uno de esos vinos que podría estar aplaudiendo durante horas, días, meses y años.
Lo califico como más que muy recomendable. Necesario.

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