martes, 2 de febrero de 2016

Domaine Jean-Luc Colombo Le Rouet Blanc Hermitage 1999.




Referencia recuperada del olvido alevoso por quien esto escribe, tras pasar un tiempo en mi vinoteca climatizada. Ya lo saben, de cuando en cuando es bueno ver como evolucionan los vinos en botella mediando una guarda responsable y que acredite las condiciones necesarias para que el vino en cuestión alcance la madurez del mejor de los modos posibles.
Jean-Luc Colombo es un vitivinicultor y negociant francés cuyas andanzas profesionales se basan en el valle del Ródano, compatibilizando diferentes apelaciones, y basando su leyenda en ser uno de los pioneros en la revitalización de la región vitivinícola francesa del Cornas, zona más al Norte del Ródano, una de las menos extensas y con viñedo dedicado exclusivamente a la casta syrah.
Pero el vino que presento hoy en este blog está acreditado como referente Hermitage, clima continental, otra de las apelaciones que Monsieur Colombo defiende en el mercado.
Le Rouet en su edición de añada 1999 comprende una conjunción varietal de las dos castas blancas de esta zona de la Francia vitícola, la roussane y la marsanne, frutos vendimiados en las pendientes con suelos de granito, exposición cardinal sur sobre terrazas, caliza y silex que no pasan desapercibidas en los decriptores finales de este vino intenso, emocionante y con una madurez que merece la pena observar con la paciencia debida tras el cuidadoso descorche.
La madera presencial pero con la fruta curtida, con esa ventaja que hace de un vino un tesoro, dibujando en copa parada una escena evolucionada en cromatismo, pero con un brillo ferviente y una gama de colores que pincelan dorado, señas caramelo y reflejos que parecen hablar de un cognac, aunque con trazas ligeras, llenas de hermosura. La nariz amanece equilibrada, con franqueza casi no he necesitado airear, pronto el vino ha iniciado su discurso aromático, lleno es de un esplendor adulto, hay cítricos y frutos secos, hay ciruelas claudia compotadas, un guiño de melosidad, una suave brisa de flores marchitas, un recreo de membrillo y manzana reineta horneada, de esas guías olfativas que casi hacen salivar antes incluso de que el vino avance en boca. Se afianza con una noble condición oxidativa nada pronunciada, muy reglada y elegante, regresan los frutos secos tostados, almendra, e incluso apunto pastelería elaborada con ese fruto como aditamento. Acaba con un fondo perimetral que adivino como mineral, salinidad como si estuviera delante de un vino maduro de Jerez, aunque en una medida de menor intensidad, más controlado.
Insisto en que la balanza fruta madera de esta nariz es un prodigio de equlibrio, complejidad y conjunción. Boca que arranca sabrosa, con esa evolución que desprendía en color y nariz bien integrada, sustancioso en el paso, glicérico, mantiene viva la acidez y una frescura proverbial. Estructurado, con magna seña de persistencia, abraza el paladar transmitiendo buenas sensaciones de fruta, acabando con una retronasal que devuelve evocaciones olfativas, fruta cítrica, blanca, con perfil compotado y meloso, puré de manzana, algunos especiados más intencionados que en la fase nasal, allí casi no los percibí, flores marchitas, mueca silvestre y aquellos frutos secos adornados con las trazas tostadas que desembocan en una punta de mineralidad, acreditada como salina.
Uno de esos vinos inmensos, que desde luego me alegro de haber reservado hasta el presente.
Lo califico en esta añada 1999, catada y degustada en los últimos días del mes de Enero de 2016, como más que muy recomendable.
Inolvidable, magnífico.

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