martes, 5 de enero de 2016

Domaine de Castelnau La Croix Blanc 2011.



De vez en cuando suelo reservar algunas de las muestras que me son enviadas de modo desinteresado, para tras una guarda responsable y en condiciones óptimas, proceder con un paso razonable de tiempo, a catarlas y analizarlas. Béatrice y Christophe Muret me hicieron llegar hace ya unos años una colección de sus vinos principales y este vino blanco seco fue depositado a conciencia en mi vinoteca privada, con la idea de su futuro descorche, fecha a la que he llegado sólo hace unas horas. Base mayoritaria de uvas de la casta chardonnay, con menores aportes de viognier, colombard y ugni blanc, vendimiados en cepas asentadas en suelos de composición arcillo calcárea y localizadas a una altitud de cincuenta metros sobre el nivel del mar.
Tras la llegada del fruto a bodega, se procede con un prensado y una selección de zumos resultantes, sedimentación en frío, con fermentado en depósitos de acero inoxidable a baja temperatura, procurando siempre la permanencia sobre lías y los battonage regulares. Maduración mayoritaria en depósitos y sólo de un diez por ciento en barricas de madera de roble francés.
Y ahora la pregunta : ¿cómo soporta un vino de estas características una guarda en botella con su consecuente progresión?. Más de uno podría sorprenderse con el resultado. O tal vez algunos otros, no tanto. Tras el descorche y el primer servicio en copa, pincela un cromatismo amarillo dorado de buena intensidad y brillo, asomando en nariz iniciales recuerdos especiados y suaves notas ahumadas, matizando en su continuidad fruta cítrica ligeramente confitada, un guiño que me ha recordado a membrillo y piña madura, flores amarillas, balsámicos y un punto final que identifico con cierto componente salino. Inmenso en su complejidad, me parece un vino que desde un punto de vista aromático ha evolucionado con una clase fuera de toda duda. Incluso aventura una huella de licorosidad, fruto de esa orgullosa evolución, que realza su personalidad, aportando aún más dosis de brillantez.
Boca suave, aderezada con una guía de acidez bien planteada, mantiene su frescura y una buena viveza, hay untuosidad y prolongación, tiene alcance y volumen. Alcanza el paladar con envolvencia y carácter, desplegando en la fase retronasal evocaciones de piña, membrillo, pomelo y fruta en escarcha, flor de jazmín, cuna de cremosidad, evidencias de nuevo de esa licorosa elegancia madura que ya refería en mi análisis de fragancia, acabando en matices balsámicos y en una peculiar a la par que sugestiva mineralidad.
Lo califico en esta añada 2011, mediando ese índice de madurez tras una guarda responsable en botella, como muy recomendable. La magia de la edad adulta.

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