domingo, 31 de enero de 2016

Celler del Pont Lo Givot 2004.




De esas botellas que uno guarda en su vinoteca climatizada, esperando que el paso de un tiempo respetuoso y responsable logre dar al vino una impronta madurada, noble afinado y envejecido, redondeando su capacidad de expresar y emocionar.
Las cuatro hectáreas y media de viñedo en propiedad, asentados en suelos de esquistos pizarrosos, conceden a la enóloga Montse Nadal la capacidad para elaborar un vino que se fundamenta en una conjunción varietal de las castas garnacha, cariñena, syrah y cabernet sauvignon, con una maduración de entre doce y catorce meses en barricas de madera nueva y de segundo vino, de roble francés, proporción mayoritaria, y americano.
Tenía buena dosis de curiosidad por ver como había evolucionado este vino del Priorat en botella y lo cierto es que la paciencia mereció la pena. En copa parada aventura un cromatismo apicotado de buena intensidad, con reflejos grana y rubídeos, la fruta roja confitada llena la proximidad olfativa, con la influencia de la madera bien detallada en segunda instancia, marcando señas tostadas y especiadas, hay recuerdos de nuez moscada, pimienta y una insinuante traza que recuerda a lácticos y canela. Frutos secos y un aporte de terrosidad que planea en la fragancia, flores marchitas, anisados, hoja de tabaco y un guiño de caja de puros, este retozante y ampuloso, conciso y lleno de complejidad. En todo momento es la fruta roja madura con un punto de confitura y otro de licorosidad la que patronea el perfume, dejando a la madera un protagonismo secundario que da muestras de que el vino se ha afinado en botella de muy buen grado y con una vejez de esas que hacen levantar el sombrero. Un vino que sólo con su perfume provoca que el catador se tome un tiempo, gire la copa, reflexione y tome buenas anotaciones.
Boca sabrosa, con la traza de acidez aún viva, aporta buena frescura en el avance, con la fruta roja licorosa y un guiño de mermelada desplegando una sugerente extensión. Taninos golosos y pulidos, media alta sensación de persistencia. La retronasal habla de cerezas, guindas y grosellas, galería especiada, y de nuevo los frutos secos complacientes, junto con una ferviente muestra de anisados, naturaleza silvestre, tabaco y un epílogo de mineralidad suave que logra extender la capacidad expresiva de este noble y elegante vino, rotundo en su madurez.
No me ha hecho falta decantarlo, el corcho salió entero y el vino, desde el interior de la copa, me envió una bendita cortesía y una sugestiva gallardía.
Lo califico en esta añada 2004, catada y degustada en los últimos días del mes de Enero de 2016, entre muy recomendable y más que muy recomendable.
Da gusto ver como el tiempo y una guarda responsable nos conceden el privilegio de un vinazo.

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