martes, 17 de noviembre de 2015

La República Francesa.


Lleva camino este blog de convertirse en una tribuna de temas que nada tienen que ver con el vino, pese a que hasta ahora y con la única excepción de mis artículos sobre los atentados de Charlie Hebdo, siempre lo he dedicado a esa cultura, al menos esa ha sido mi intención.
El placer del vino se ha visto sustituído estos días por el olor de la muerte, ese aroma que cuando nos inunda en Occidente, suele crearnos todo tipo de sensaciones y sentimientos, emparentados en su mayor parte con el dolor, el sufrimiento y en algunas ocasiones incluso con la tragedia. Este es el caso. Los ataques criminales del pasado viernes no deben dejarnos descolocados, no deben parar nuestras vidas, no deben ser canalizados de modo que saquemos conclusiones erróneas ó desviadas hacia los intereses y deseos de quienes los causaron, haciendo uso de ese poder intimidatorio y manipulador que las organizaciones terroristas saben aprovechar en propio beneficio. Suelen decir los politólogos que analizar los ataques y atentados terroristas es siempre un error, pues se corre el riesgo de darles cobertura aunque sea de un modo no intencionado. Quien quiebra la existencia del prójimo en nombre de unos ideales nunca debe ser interpretado. La propia acción le desacredita.
Personalmente creo que no hay idea ó principio que soporte un crimen. La libre opinión, el debate, el contraste civilizado de ideas, son parte de la grandeza del ser humano, por encima de banderas y colores. Quienes me conocen de cerca saben de mi admiración y afecto por nuestro pais vecino, la República Francesa. No es sólo por simple capricho, antes bien comenzaré acreditando mi más que segura procedencia de esas tierras, al menos por linea paterna. En segundo lugar, soy una persona que intento huir de los tópicos. Estoy cansado de oir a mi alrededor españoles que dicen tener cierta tirria hacia todo lo francés por el hecho de serlo. Sin embargo y en mi caso, admiro el sentido patrio de los galos, su capacidad comercial, esa seña que les convierte en los mejores vendedores del mundo, esa capacidad que hace de Francia uno de los paises con más empaque estético de cuantos figuran acreditados en la galería de naciones. Francia es la cuna de la Ilustración, el origen de muchas prácticas políticas, el sendero marcado por el que caminamos a veces los españoles, pese a que a muchos les cueste reconocerlo. La Marsellesa, ese himno que el oficial del cuerpo de ingenieros del ejercito francés, Claude-Joseph Rouget de Lisle, escribió en el año 1792, contempla en una de sus escenas aquello de encadenadas por otras manos, nuestras frentes se inclinarían bajo el yugo, unos déspotas viles serían los dueños de nuestros destinos. 
Ahora que algunos nos emocionamos escuchando cantar a los franceses este bello himno, ahora que el yugo de unos criminales sin escrúpulos amenaza nuestros destinos, no sólo el de los franceses, sino como no paran de repetir los iracundos e irracionales califas del Daesh el de todos los occidentales, hombres, mujeres y niños, es ahora cuando los párrafos de La Marsellesa cobran vida propia, adquieren relieve desde el folio de la partitura y se confabulan para intentar que de una vez abramos los ojos.
Es evidente que la respuesta militar era precisa, aunque desagradable. No creo en los campos de batalla, nunca creí en ellos desde que a muy temprana edad un veterano de la Guerra Civil española me dijo con gesto austero en nuestra guerra fraticida y más allá del número de bajas de cada lado, no hubo vencedores y vencidos, todos de algún modo nos dejamos allí una gran parte de la dignidad que tiene el ser humano. Comprendí entonces y lo hago ahora, que antes de empuñar un arma, quien nos creó nos hizo con lengua y habla, con dos manos para poder escribir y una mente para entender, y que todos los esfuerzos capaces de evitar un conflicto armado son muy estimables. Entiendo también que el monstruo apodado Daesh no sabe hablar, leer ni escribir. Que sus aparatos de publicidad, por fuertes que parezcan, se desacreditan por si solos cuando desde nuestros hogares les escuchamos bailar al ritmo de la guadaña, bajo las sombras de la perversión mental.
Soy consciente de que enarbolar en estos días la bandera blanca de la Paz es sinónimo de recibir collejas por todas partes. Y sin dejar de enarbolarla, e intentando escapar de criterios demagógicos, creo, ya lo dije en mi artículo del domingo, que el lenguaje de misiles y bombas no es suficiente. Inevitable puede, pero no suficiente.
Son los valores de la República Francesa, en origen cuatro, luego deslizados hacia el trío actual, obviando la mort y ensalzando la liberté, la égalité y la fraternité, los que deben prevalecer estos días, usando, ya lo he dicho, el amparo de la legítima defensa internacional que tiene la nación francesa como derecho, al ser atacada y agraviada, pero sin olvidar que en la cuna misma de los estados de derecho europeos figura de modo directo ó indirecto esa filosofía existencial, ese orden imperfecto pero que nos permite vivir con ciertas coordenadas de bienestar.
Resulta paradójico que la mort que ahora llega a Francia del modo más cruel imaginable, se deslizara del lema republicano siglos atrás por obviar el terror revolucionario. Es curioso que esa muerte que en algún instante acompañó a las tres grandes, sea ahora la que provoca que estas se revuelvan contra aquella. La Ilustración como actitud del ser humano para abandonar la puerilidad mental de la que él mismo es culpable, por sobrepasar esa incapacidad de usar la propia razón sin el recurso conductivo de otra persona, cobra estos días un valor especial. Esa puerilidad mental, no por falla en la inteligencia, sino por la desidia en el razonamiento y el conocimiento, por dejar el propio entendimiento en manos de un guía manipulador, desobedeciendo la propia voluntad como garante del sapere aude, es la que movimientos agresores como el Daesh pretenden imponer, siempre por la fuerza del miedo y la violencia.
Es la República Francesa en su propio espíritu quien debe iluminarnos, quien debe revolverse y encauzar un movimiento internacional que, con el apoyo de la intelectualidad, más allá de los misiles, sepa inyectar al mundo musulman de los aires frescos de la modernidad, del respeto a su religión, al Islam, pero siempre buscando lo bueno de los demás para sustituir lo arcaico propio.
Fue la cultura árabe una genialidad en sus influencias en nuestra querida España y en gran parte del mundo que hoy conocemos como Occidente, algunos lo olvidan de un modo torticero y mal interesado. Y son esos reconocimientos de la grandeza del otro los que a menudo inician el camino hacia el éxito en las relaciones entre diferentes.
Los ataques de París deben tener respuesta en criterios de legítima defensa, máxime cuando quienes han atacado dan claras sensaciones de psicopatía. Pero es más que necesario que en nuestro privilegiado Occidente, defensor tradicional y obstinado de los derechos humanos y las libertades fundamentales, tengamos la luz necesaria para avalarnos como auténticos cumplidores de ellos.
La guerra que falta no es la de los misiles y los cazas sobrevolando la polvorienta noche del desierto, la batalla final es la de la persuasión, la de la ayuda a quienes buscan en minoria trasladar los sistemas democráticos reales a paises que siguen creyendo, por ejemplo, en el exterminio de los homosexuales ó la indigencia moral y espiritual de las mujeres. Esa es la guerra más dura, la que requiere mayor esfuerzo, la que algunos, por miedo al fracaso, no están dispuestos a encarar. La otra, la de la muerte y el derramamiento de sangre, es tan antigua como la propia humanidad y de ella nunca salieron buenas conclusiones. El hombre es capaz de tropezar siempre con la misma piedra, pero también de obrar grandes acciones, genialidades que dan a la historia inmensos instantes de gloria.
Son la diplomacia, la visión de estado, la perspectiva internacional, la defensa y el respeto de las culturas, la educación de infantes y jovenes, las armas a manejar en esa compleja guerra, a lo visto no siempre bien entendida e interpretada. Como si quienes defendemos esos cauces fueramos renegados y tuvieramos que justificarnos.
Los ataques de París son la mort, el crepitar del terror gratuito, la exaltación de la muerte. Nuestro deber, el de quienes creemos en los valores de una sociedad de bienestar, aunque imperfecta, es deslizar la muerte por un tobogán y almacenar grandes dosis de libertad, igualdad y fraternidad.
Siempre con el recuerdo eterno a los caídos, a esos ciudadanos de París que dejaron sus vidas por el camino, víctimas de una despreciable y condenable hostilidad desproporcionada y canalla.
Legado ansiado para nuestros hijos. Legado de difícil consecución pero nunca imposible, ni siquiera utópico. La República Francesa nos representa en los próximos tiempos. Es en si misma, el valor que debe unirnos y que debemos contagiar a quienes no usan la razón en sus modos de actuar.
Sapere aude, atrévete a pensar. Ese es el gran mensaje, el gran eslogan de nuestra batalla imposible.
Entre todos, lograremos que sea factible.

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