jueves, 22 de octubre de 2015

Vendimia finalizada.


Pasados ya unos días desde el final del proceso de vendimia, y tras haber hablado ya con algunos enólogos de la denominación de origen Rioja se puede concluir que hemos asistido, tal vez sin saberlo, a unas de las recogidas de fruto más peculiares de los últimos años.
Peculiares por el hecho confesable de haber presenciado como ha habido fechas coincidentes en la vendimia de Rioja Alta y Rioja Baja, tal vez algo menos en Rioja Alavesa, y como el grado se disparaba hasta límites prohibitivos en algunos viñedos de la denominación.
En la búsqueda obstinada de una homologación de Rioja que tal vez no exista, y probablemente nunca existió, y dejando de lado los intereses comerciales, empieza a florecer cada vez con mayor fuerza la idea, secreto a voces, de que los suelos, los climas y las exposiciones cardinales de los diversos terrenos que dan forma a la denominación de origen se confabulan en contra de una áspera y poco justa globalización.
Tal vez ha llegado el momento de que quienes tienen que hacerlo, busquen desde la reflexión y con la compañía de la templanza y el raciocinio, una solución responsable al enigma.
Bajo el paraguas de la marca Rioja se amparan tantas sensibilidades, tantas personalidades, tantas varietales, tantas esencias y tantos criterios vitivinicultores que tal vez sea el momento idóneo de amparar un mayor reconocimiento, una mayor distinción y un más elevado punto de introspección, delimitando expresiones, tipos de viñas en función de su enclave y antiguedad, influencias del clima en cada varietal, llegando con datos en las contraetiquetas a facultar ese punto de excelencia, esa seña distintiva que logre aportar a la enseña Rioja un plus, una condición que desde la particularidad alcance, siempre respetando la leyenda, un enfoque más amplio de la realidad, de un presente que personalmente calificaría de vitivinícola y muy riojano bucle melancólico.
Regresar a las raíces, a aquellos tiempos, puede que menos ordenados pero más respetuosos con la identidad de cada parcela, de cada pueblo, de cada viñedo en el monte ó en el llano.
Que desde Villalba de Rioja hasta el Monte Yerga la gran riqueza del viñedo riojano sea más definida, mucho más encauzada y determinada, para llegar con mucho más criterio e información al consumidor, para poder definirnos a nosotros mismos, incluso desde la saludable condición de buenos hermanos amparados por la luz de la misma antorcha.
No creo en rupturas, más procedentes de entornos políticos que de bodegueros y viticultores. Sí en que la unión, siempre respetando las diferentes diversidades y contemplándolas desde el respeto, fomenta la fuerza, el impulso necesario para competir en un riguroso y cada vez más complejo mercado.
Esa definición, ese punto de diversidad, aporta franqueza y ayuda sin duda a dorar aún más las letras ya de por sí doradas de una denominación de origen histórica.
Rioja en la encrucijada de caminos, dando la cara al futuro desde un presente más que prometedor, en donde jovenes enólogos y viticultores con un apasionado esfuerzo personal van poniendo su grano de arena, en donde bodegas medias van creciendo en su gloria personal día a día, y en donde las grandes y las cooperativas tienen también mucho que decir, siempre desde un deseable y necesario punto de calidad en la fruta y la elaboración.
Lo que ha hecho grande a la marca Rioja es su leyenda y su realidad. No lo olvidemos nunca. Hay que huir de un exceso de generalización y hay que perseguir sin disimulo la excelencia, cada uno desde su punto de vista, pero siempre con los límites que nunca se cruzaron y que convirtieron a los vinos finos de Rioja en algo más que un mito.

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