sábado, 17 de octubre de 2015

Domaine Fourrier Gevrey-Chambertin Vieille Vigne 1er Cru Clos St.Jacques 2001.



Me preguntaba hace poco un novicio de este mundo del vino, como distinguir una joya de la vitivinicultura de otra que no lo es. Personalmente y dejando de lado detalles importantes como su procedencia, el trabajo en el viñedo, la maduración de la uva en el instante mismo de la vendimia, la climatología de cada añada, la composición del suelo, la orientación cardinal de la parcela de donde procede la fruta utilizada, los vientos y la labor del enólogo, los tipos de madera en las barricas y los tostados, lo que consigue crear esa sensación de estar catando una esas joyas es sin duda, la capacidad de impresionar que tiene ese vino concreto, su parlanchina presencia en la copa, desde cuyo interior y estando receptivo, te va lanzando esencias, descriptores, historia viva, esa historia que atesora y que sin duda logra emocionar al catador.
Catar y escribir de un vino como este, que ocupa la entrada de hoy en este blog, es todo un lujo, una experiencia que se convirtió en inolvidable antes, durante y despues de su degustación. Gracias a la generosa aportación de Chus Madrazo, este Gevrey-Chambertin de Domaine Fourrier, un premier cru Clos St.Jacques en edición de cosecha 2001, salió a la mesa pleno, en un colosal estado de forma, afinado por el tiempo de guarda en botella, dejando claro que aún tenía buenos presagios de evolución, aunque su presente fuera ya celestial, inmenso.
Propiedad familiar, en el presente bajo el mando de Jean-Marie Fourrier, con él colaboran su hermana Isabelle y su esposa Vicki, logrando vinos con un sello y una personalidad especial, elaborados para crecer, buscando mediante ese progreso la excelencia.
Una pinot noir que alumbra la copa parada con una bella cromática roja cereza ligera, fluida, con reflejos rubídeos y algunas insinuaciones cobrizas, deslizando en nariz recuerdos de frutos rojos en sazón, con una pestaña de licorosidad y confitura, destellos aromáticos que descubren un ramillete de pétalos florales rojos, guiño de piel de naranja escarchada, especiados muy suaves que dejan paso a un aire breve de frutos secos, estos con esbozos de memorias tostadas y un proximidad que se muestra en el final de la fragancia bastante terciaria, cuero animal y una breve memoria cafetera.
Buen despliegue de complejidad que siempre muestra a la fruta roja madura en primer plano. Hay equilibrio y finura en boca, con un arranque ampuloso, la traza de acidez se despliega con ternura, sin sobresaltos, habla de veteranía, de buen terreno, este elemento descrito en la retronasal pero también cuando el vino alcanza el paladar. Terciopelo, viveza sutil, taninos golosos y pulidos. Acaricia la boca y llena el paladar. Muy buena seña de persistencia, atrapa nariz y boca en un simple golpe de muñeca, la del catador cuando inclina la copa buscando ese beso hechicero.
Retronasal que apunta recuerdos de cerezas, guindas, granada, flores rojas, pimienta, tostados y piel de naranja escarchada, repuntando hacia el final la clave de los frutos rojos y finalizando con algunos terciarios elegantes y una magnífica punta de salinidad y de terroir.
Lo califico en esta añada 2001 como más que muy recomendable.
Uno de esos vinos inolvidables y como ya he dicho, incluso hechiceros, taumaturgos.

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