miércoles, 7 de octubre de 2015

Domaine Arnoux-Lachaux Chambolle-Musigny 2007.







Hay vinos que aunque son reservados para ocasiones especiales muy de futuro, no resisten a la voraz enofagia de los catadores y escritores de este fascinante mundo. Algo así me sucedió con este Chambolle-Musigny en edición de añada 2007 de la maison borgoñona Arnoux-Lachaux.
Con la comida en la Escuela de Hostelería de Leioa quise descorcharlo a sabiendas de que tal vez estuviera cometiendo un sabroso infantidio vinícola. ¿Qué quieren?, no solo de paciencias y visiones puristas de futuro vive quien cata.
Acompañando a un segundo plato y al postre, bacalao con pil pil y vizcaína, en su punto de textura, con el lomo quebrando en láminas a golpe de tenedor y paleta, y una fusión de tres golmajeras maravillas con un digestivo helado, el vino apareció bastante cerrado, sin la aireación previa debida. Son estos vinos los más idóneos para decantar con tiempo, y sobre todo para no descorchar hasta pasado un tiempo más prolongado.
Pero es deber de quienes nos dedicamos a divulgar en este universo vitivinícola, no ser egoistas y de vez en cuando proceder con descorches inesperados y adelantados a su tiempo para poder transmitir al público como van evolucionando en botella.
A medida que se agita la copa, la pinot noir comienza a sugerir, a expresar, si bien como comento con mi compañero de mesa, Ibon Andraka, no termina de romper su timidez, su falta de comunicación. La madera parece cerrar el camino aromático a la fruta, aunque en boca el vino tiene más capacidad y se recrea con una intensidad superior.
En copa parada afronta un color apicotado con reflejos púrpura y leves insinuaciones grana, enviando a nariz recuerdos de la madera que le sirvió de continente durante el proceso de maduración, algunas suaves notas de flores rojas, tostados ligeros, comienza a expresar notas terciarias aunque no muy definidas aún. Pasan los minutos y la fruta roja en sazón empieza a acreditarse, aunque siempre escoltada de cerca por tonos de fragancia que evocan la madera. Trazas de perfume balsámicas que aportan un elemento de buena personalidad al vino.
La boca es golosa desde el inicio, buena envolvencia en el paso, con la acidez en clave media alta, predominando siempre el concepto de la pinot noir, ese maravilloso asomo de fruta roja que en su perfecta condición de madurez hace de los vinos de esta zona de Francia, uno de los templos internacionales de la vitivinicultura.
Amable y fluido, con un apunte graso en el paladar, hay un guiño láctico y cremoso que se funde con las expresiones frutales y que da lugar a un recuerdo que personalmente me ha escenificado aquellos infantiles caramelos de nata y fresa.
Tiene un sugerente apéndice de flores y hierbas aromáticas que se deja ver en la retronasal y que aparece más reflejado que en la fase aromática. Taninos golosos y pulidos, con retornos retronasales que junto a los ya mencionados hablan de cerezas y grosellas, pétalos de rosas, lavanda y un epílogo de terroir que al fin, y aunque de momento sea sólo al final de la cata, aparece y marca la personalidad del vino.
Logra vencer la timidez inicial pero hay que decantarlo y darle buenas dosis de paciencia.
Lo califico en su añada 2007 como muy recomendable. Va por buen camino pero hay que darle más tiempo de permanencia en botella.
En cuanto a los emplatados de la cocina de la Escuela de Hostelería de Leioa, como siempre, dignos de aplauso y sincero elogio. Gozo y disfrute, se lo aseguro.

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