lunes, 12 de octubre de 2015

Bodegas Muga Prado Enea Gran Reserva 1994.


Otro de los vinos que tuve la fortuna de catar y degustar durante la masterclass del británico Tim Atkin, celebrada en la primera jornada del evento La Cata del Barrio de la Estación. Un Prado Enea, gran reserva de Bodegas Muga, en la edición de añada 1994, significa encontrarse con uno de esos iconos que surgen desde el Barrio de la Estación para gozo y disfrute de los amantes de esta cultura vitivinícola. Ochenta por ciento de la varietal tempranillo, con la cantidad restante destinada a un coupage de garnacha, mazuelo y graciano, con frutos procedentes de parcelas con viñas asentadas en suelos de composición arcillo calcárea y aluvial, uvas que acreditan una maduración óptima y que junto las que terminan conformando el Torre Muga, siempre llegan a bodega las últimas.
Fermentación alcohólica en depósitos de roble de diez mil kilos de capacidad, sin control de temperatura ni adición de levaduras. Maceración variable en función de cada añada, pero nunca superior a veinte días.
Su proceso de maduración tiene lugar en depósitos de roble de dieciseis mil litros durante doce meses, barricas de madera de roble durante treinta y seis meses y afinado adicional en botella por idéntico tiempo, tres años. Ligera clarificación con clara de huevos frescos.
En copa parada marca una cromática rojo picota con reflejos rubídeos y algunas insinuaciones de color teja. Cuando arranca su primera expresión de fragancia, la influencia de la madera en su crianza se deja sentir con cierta intensidad, abriendo la fruta roja confitada en cuanto agitamos la copa, guiño de licorosidad, sensación de calidez olfativa. De hecho reconozco una ferviente nota de guindas licorosas y piel de naranja en escarcha, algunos cueros y barnices que compiten con una expresión certera de cedro y ebanistería, boudoir y un leve tono anisado, acabando en evocaciones de perfume que recrean memorias silvestres y alguna nota de tierra húmeda.
Hay un apunte floral muy disperso.
Quiero incidir que la cata aromática del vino va evolucionando a medida que pasan los minutos y que confieso a varios de mis compañeros de asiento que me encantaría poder llevarme la copa de este Prado Enea a cuestas durante toda la jornada para ir comprobando como evoluciona. De hecho y antes de irme, vuelvo a catarlo, y ya noto ciertas diferencias, cierta progresión, divertida y más elegante, con la fruta roja en sazón más marcada y avanzada en cuanto a finura y prolongación. Confieso que decantar este vino no sólo resulta recomendable, sino que ayuda a incentivar su amable caminar por la senda que lleva a la gloria.
Vino de chimenea y manta, válgame Dios.
La boca se enciende con buena nota de fruta, la acidez se recrea, abre las papilas, demuestra que el Prado Enea de la cosecha 1994 aún se mantiene vivo, sabroso, con esa seña que conjuga fruta de muy buena calidad, es cálido y licoroso, pero muy afinado y afirmado. Fluidez y magnífica gallardía, maduro, goloso y pleno en cuanto a identidad de vino fino de Rioja. Todos con los que hablé aquel viernes sobre este vino concluyeron igual que yo en que desde nuestra primera inmersión en la copa hasta el último buceo en la misma, el vino había hablado, había relatado y expresado, y sobre todo había evolucionado hacia el objetivo, la excelencia.
Taninos golosos y pulidos, muy buena traza de persistencia. La retronasal habla de nuevo de fruta roja madura y licorosa, piel de naranja confitada, guindas, flor de azahar, cedro y barniz, de nuevo anisados y muy ligero guiño de tocador femenino, materia silvestre viva y un fondo que deja una sugerente nota de sapidez y un punto que me ha recordado a húmeda terrosidad, tormenta estival.
Una joya de la bodega, al menos a mi juicio y al de unos pocos que estaban a mi alrededor.
Lo califico personalmente como más que muy recomendable.

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