viernes, 23 de octubre de 2015

Bodega Marañones 30.000 Maravedíes 2014.




Difícil, con este calificativo se refería uno de mis habituales compañeros de cata al Treinta Mil Maravedíes en edición de añada 2014, que los responsables de Bodega Marañones tuvieron a bien enviarme de modo desinteresado al objeto de mi análisis personal y posterior publicación en el blog.
Y aunque el calificativo no me resulte extraño, sí considero que en efecto no es un vino fácil de asimilar ó como dirían voces más endomingadas, de entender.
Tras hacer mención al origen de su nombre que hace referencia al precio que pagó Don Alvaro de Luna, condestable de Castilla, maestre de la Orden de Santiago y valido del Rey Juan II, por la adquisición en propiedad del Señorío de San Martín de Valdeiglesias, transmisión de los frailes del Convento de Santa María, informo a mis lectores de que estamos delante de un vino tinto con base mayoritaria de la uva garnacha, fruta procedente de seis parcelas diferenciadas, añadiendo un diez por ciento de otras varietales de la zona. Viñas que se asientan en suelos de composición granítica con textura arenosa, ricos en materia orgánica, situadas a una altitud media de entre seiscientos cincuenta y ochocientos metros, y que acreditan una antiguedad media de entre treinta y setenta años.
Surge desde racimos pequeños, y tras la vendimia, ya con la uva en bodega se procede con una maceración prefermentativa en frío, siguiendo con la fermentación alcohólica que tiene lugar en tinos de madera de tres mil y cuatro mil quinientos litros, uso de levadura autóctona y frutos enteros sin despalillar. Descube a barricas de madera nueva y usada de roble francés de trescientos a quinientos litros y a tinos de madera de cuarenta y cinco hectolitros. Maduración sobre lías durante ocho meses en barricas de madera de roble y crianza del coupage durante dos meses en tinos de madera de cuatro mil quinientos litros. La maloláctica se desarrolla en las mismas barricas.
Bajo la responsabilidad enológica de Fernando García Alonso, nos encontramos delante de un vino que acredita en una primera cercanía, una cromática que en copa parada despliega claras insinuaciones varietales con la garnacha como protagonista, color fluído y ligero, rojo apicotado claro, matices rubídeos y malva, buen brillo.
La nariz es corta en fragancia en primer término, el vino parece cerrado, aunque a medida que agitamos la copa va abriendo una ventana a la fruta roja madura, con un guiño silvestre y floral, destellos balsámicos tímidos, un punto especiado que me recuerda a pimienta y un final entre salino y terroso, con anotaciones en mi agenda que describen juvenil caja de colección de minerales.
Aunque en todos mis acercamientos olfativos a la copa no he obtenido una excesiva carga aromática, sí es cierto que el vino demuestra buen tono de propia personalidad, vino de comarca dice su tarjeta de visita, yo añadiría vino de terroir.
Puede que sea la boca del vino la que más desconcierta, ya que aunque plantea un frente de golosas notas gustativas muy relacionadas con la garnacha, apunta lo que en mi consideración personal reflejo como más punto de acidez que el habitual en vinos casi monovarietales de este tipo de uva.
Es cálido, tiene un trazo licoroso más altivo de lo esperado, ó al menos a mi me lo ha acreditado.
Untuoso y prolongado, alcanza el paladar con más intensidad que la demostrada durante el resto de la cata hasta ese momento. 
Taninos golosos y finos, buena persistencia, con la retronasal hablando de cerezas y frambuesas, pétalos de flores rojas, hojas de té, huellas silvestres y balsámicas, con alguna nota mentolada muy ligera y un final que deja una sugerente punta de mineralidad, sutil y marcada en la justa medida como para prolongar la expresión del vino.
Lo califico, dentro de ese concepto difícil, expresado por mi amigo de catas, entre recomendable y muy recomendable. Tal vez sí sea un vino para analizar con buenas dosis de paciencia, pero termina resultando expresivo, ameno y cordial.

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