martes, 22 de septiembre de 2015

Bodegas Bilbaínas Viña Pomal Alto de la Caseta Vendimia 2010.




No era la primera vez que me ponía delante de un Alto de la Caseta de Bodegas Bilbaínas.
La ocasión anterior en una cata guíada por el enólogo Diego Pinilla en sede de las jornadas de la seta y el champiñón de Autol allá por finales del 2012, cuando el vino planteado se correspondía con la edición de vendimia 2007.
En esta oportunidad y en pleno espectáculo, no debería calificarlo de otro modo teniendo en cuenta la condición de los catorce vinos elegidos para La Cata del Barrio de la Estación, conducida por el masterwine inglés Tim Atkin, surgió de nuevo esta etiqueta con los dígitos 2010.
Primero, debo afirmar sin sobresaltos que estamos delante de una colosal añada, que acredita ese perfil de vino con vocación de futuro, inmenso en su presente y que cubre boca y paladar de buena fruta, con el carácter y la personalidad de la tempranillo, matizada con un punto de excelencia, que lo diferencia y le aporta tipicidad y ese plus que los catadores buscamos en los vinos que se nos colocan delante.
Es curioso, durante su análisis allá en la gran sala de Bodegas Bilbaínas, recordé que aquella añada 2007 fue definida en Autol por Pinilla como mineral, algo que desde luego y a juzgar por mis notas, certifiqué con bastante claridad. En lo que respecta a esta añada 2010 y aunque existe ese mismo descriptor, queda bastante relegado respecto a mis recuerdos de aquella añada 2007, ó al menos aquí es la fruta quien dirige la acción con mucha más energia que en mi primer acercamiento a un Alto de la Caseta. El vino se elabora con frutos de tempranillo procedentes de cepas que acreditan una edad de más de treinta y cinco años, en ladera y con exposición cardinal sudeste. Cascajo en el suelo, con estructura pobre. Selección de fruta primero en viñedo y después en mesa ya en bodega, con primer despalillado y posterior preferencia para seguir descartando hasta quedar sólo los granos de mayor calidad. Depósito manual de la fruta en pequeños continentes y barricas abiertas, con remontados y delestages, esperando durante un periodo de veintiocho días al final de la fermentación y la maceración, con descube puntual según los criterios del enólogo. Siete barricas de madera de roble francés de tostado medio y con los fondos sin tostar sirven de base para su maduración, que se extiende durante veinte meses.
Vino con seña de tipicidad en cuanto a la fruta, lo cual y en los tiempos que corren es mucho pedir, ó tal no tanto para el Alto de la Caseta, uno de esos gustosos y elegantes a la par que intensos vinos que dejan clara su excelencia desde el inicio de su cata hasta el final.
Creo que es pronto aún para determinar hasta donde puede avanzar en el tiempo, pero sí intuyo que es pronto para catalogarlo en toda su extensión.
De momento en copa parada exhibe una cromática apicotada intensa, con reflejos violáceos y alguna insinuación púrpura, deslizando en su cercanía aromática recuerdos de fruta negra madura, con algunos pétalos de flores oscuras en segunda instancia, guiño silvestre ligero y un fondo balsámico que llena la vía nasal de memorias a regaliz. En una segunda cercanía y tras agitar la copa brevemente, junto con los descriptores ya mencionados aparece un sublime punto que creo identificar como mina de lapicero, si bien se me antoja menos marcado que lo que recuerdo de mineralidad en aquella pasada añada 2007.
Incluso cuando finaliza la cata y la gente va abandonando la sala de Bodegas Bilbaínas, a mi todavía me da tiempo a sacar algunas fotografías más y a catar alguno de los vinos planteados durante la charla de Atkin. Uno de mis elegidos es este Alto de la Caseta.
La fruta negra se ha hecho más intensa, apunto junto a detalles de pétalos florales azules y violetas, una serena evocación aromática de black tea blend, que se perfila con robustez, acabando en guiños de regaliz y esa sensación ya mencionada de grafito, aunque esta menos pronunciada.
En pleno debate sobre la mineralidad en los vinos, me alegra descubrir que lo que más destaca en esta edición de añada 2010 de Viña Pomal Alto de la Caseta, es la fuerza frutal, el carácter de la fruta negra, la idea que pasa por mi cabeza de estar delante de un vino que tiene un presente pleno de personalidad, más que de complejidad.
La boca es generosa, el vino amplifica su avance, con una fastuosa sensación de frescura, un suave y muy elegante tono de amargor de esos que van integrados en el conjunto y que sirven a la causa de prolongar la expresión del vino y que identifico con la carga black style del mismo.
Sigue mandando la fruta que se alinea con la punta de acidez prolongada y sabrosa, logrando que salive, que el paladar reciba una ducha de fruta sin que el vino resulte pesado, ni endomingado, mucho más allá de alimentar apariencias. Lo curioso es que plantea fluidez en su progresión por boca y alcanza el paladar radiante y lleno de viveza. Taninos golosos y marcados, con cierta astringencia que no serpentea, sino que antes bien aporta sustancialidad al vino.
Ferviente, admirable.
Franqueza varietal en su persistencia, que demuestra longitud, con la retronasal llenando los sentidos de memorias de moras, arándanos y alguna ciruela oscura, menos contabilidad floral en esta fase, armando despues huellas descriptoras balsámicas y un epílogo de sapidez y una pizca de oscura mineralidad que prolonga sus destellos y cierra su vibrante monólogo lleno de sensaciones.
Lo califico en esta añada 2010 entre muy recomendable y más que muy recomendable.
Con una guarda responsable en botella podrá alcanzar mi máxima calificación, estoy seguro de ello.
Felicito sinceramente a Pinilla y a Bodegas Bilbaínas por haber dado a luz este vino excepcional.

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