lunes, 10 de agosto de 2015

DSG Vineyards David Sampedro Phincalali 2011.




Vino catado y ampliamente degustado durante un reciente encuentro inesperado con su padre espiritual, el hacedor de vinos David Sampedro, viticultor que plantea el perfil natural de sus vinos sin estridencias, no con sellos de garantía ni siquiera con certificados que los acrediten, sino con los métodos de trabajo en el campo, con la búsqueda de la armonía en ese feudo agrario y con el logro de suelos que formen parte de un ecosistema equilibrado y no de parcelas condenadas a una fertilidad ficticia, con presente pero tal vez con poco futuro.
La filosofía de David Sampedro, tal y como yo la entiendo, tiene que ver con un concepto biodinámico sí, pero interpretando a su manera y creánme que con efectividad, todo el sentido del término, en función siempre de la disponibilidad de tiempo que este viticultor y enólogo riojano dispone para cumplir los fundamentos de la agricultura ecológica.
Leí tiempo atrás en una entrevista que Sampedro concedió a Jordi Melendo, que en su prolífica gestión al mando del proyecto que despliega, no le queda tiempo para aplicar todo el guión de la filosofía de la biodinámica. Lógico por otra parte, racional añadiría, y es que tampoco es la ortodoxia la única vía a seguir para dirigirse hacia vinos cargados de franqueza, de sello de campo, de personalidad emparentada con el terroir de donde surgen los frutos para la elaboración. Y es que en esta vida que nos toca capear, es muchas veces preferible buscar el equilibrio, que inclinar siempre la balanza hacia un lado, descuidando el otro. Los resultados son en el caso de Sampedro, vinos marcados por una rotunda personalidad propia, diferenciada, que en el entorno de la denominación de origen Rioja suponen a mi juicio un ejemplo de identidad, de espontánea y no contemplada trazabilidad, de representación de la tierra en donde se cultiva la uva empleada, de eso que algunos denominan modernidad y que, sin embargo otros, denominamos respeto a la zona, a las subzonas, a las parcelas y a los pueblos en donde el ejercicio de la vitivinicultura tiene mucho que ver, mucho más de lo que algunos piensan; con el pasado, con la nostalgia por aquellas épocas en las que la gente decía identificar cada vino de Rioja con el pueblo en donde se localizaba la viña que daba los frutos de la elaboración.
Tal vez Sampedro esté de acuerdo conmigo, ó tal vez no, tal vez me pase de listo.
Lo cierto es que después de catar algunas de sus referencias, esta es la forma que, al menos a mi, se me ocurre de intepretar su trabajo.
El Phincalali en edición de añada 2011 se elabora con una conjunción varietal de uvas tempranillo y un aporte aproximado del quince por ciento de viura, frutos procedentes de una pequeña parcela localizada en los lindes de Elvillar de Alava, con cepas plantadas en el año 1910 y que fue rescatada del olvido por David Sampedro.
Selección de racimo a pie de campo y descarga en barricas abiertas de cuatrocientos litros, alcanzando la bodega con el raspón presente, procediendo a un método de inertización de los continentes de madera, clausurándolos durante algo más de una semana.
Pasado ese tiempo se extrae el mosto con pisado y vuelven a cerrarse, prosiguiendo con el método natural de vinificado, fermentado y macerado.
Tras romper el sombrero y un prensado vertical, se inicia la maloláctica con una maduración posterior de catorce meses en barricas de madera de roble francés.
En copa parada el vino manifiesta una comunicación cromática apicotada con reflejos púrpura e insinuantes grana, aportando en la cercanía aromática sensaciones de fruta roja y negra maduras, con segunda instancia para algunos destellos especiados ligeros y expresiones de matorral y flores silvestres, finalizando en un descriptor que identifico como mineral, en el que aparecen notas de fragancia emparentadas con los denominados vinos de parcela, fincas que en el caso de Sampedro se encuentran situadas en una de las zonas más elevadas de Rioja Alavesa.
Son esbozos de descriptores salinos, terrosos, que redondean el conjunto del perfume, acompañando a la fruta siempre predominante y amplificando su carácter, con una escolta amable, nunca nebulosa.
Boca inmensa e intensa, con una percepción personal de equilibrio que da gusto, abriendo la puerta de esa habitación vínica en donde la acidez y la golosura danzan al mismo son, con ducha de fruta en boca y paladar, energía, viveza, en un vino membrudo, que ensalza la concentración de la fruta en el avance. Taninos marcados y golosos, percute con magnífica amabilidad, finura que sobresale desde esa intensidad relatada.
Buena seña de persistencia, con la retronasal que abre memorias de cerezas y ciruelas rojas y oscuras, suave guiño de vainilla y sugerente apunte de botánica silvestre, matorral, paseo por el campo abierto en primavera, hay un suave gesto que me ha recordado a lavanda y madreselva, tono balsámico en el retorno y epílogo que habla con generosidad de esa mineralidad que saqué a colación describiendo la fase olfativa, evocadoras expresiones de terruño, de terrosidad y salíferos muy suaves.
Un vino rotundo, complejo y en el que la fruta aparece con una dinámica muy resuelta.
Lo califico en esta añada 2011 como más que muy recomendable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario