miércoles, 26 de agosto de 2015

Bodega Palacio de Muruzabal Chardonnay 1992.




Visitar a Basilio Izquierdo y que este hombre de vino con mayúsculas saque de entre las botellas de su colección este vino blanco de vieja añada, perteneciente a la bendita historia vitivinícola de la familia Pérez de Rada, cuyas raíces se pierden en los tiempos siempre relacionadas con la Sierra del Perdón, el río Arga y Valdizarbe, entroncadas en la casa solariega familiar que da nombre a esta bodega navarra; es todo un lujazo.
Y lo es porque la buena conservación de la botella y por ende del contenido, gracias a Izquierdo, nos concedió una tarde de pleno placer.
Adolfo Marino Pérez de Rada, enólogo con formación académica en Burdeos, plantó nuevas viñas y en el año 1991 decidió sacar al mercado sus vinos, siempre utilizando para la elaboración frutos procedentes de parcelas propiedad del dominio, enclavado en los alrededores del magnífico Palacio de Muruzabal.
Catar en pleno verano de 2015 este vino blanco de chardonnay en edición de añada 1992 identifica a los catadores de los bebedores, diferenciando a los que creemos que los vinos expresan de quienes piensan que a fin de cuentas todos los vinos son parecidos, incluso iguales.
Y ya estoy harto de que me digan que decir esto es poco correcto, que asusta a la gente, que les aleja del vino y su cultura. Para gozar con un vino como el presente hay que creer en las evoluciones del vino en botella, en las soberbias sensaciones que puede llegar a aportar un vino a quien lo bebe y aprecia; en fin, en que nadie sobra en este mundo y que en él debe haber siempre ganas por aprender y descubrir más allá de rumores, leyendas urbanas y pretenciosos tipos que piensan que saben de vino. Ellos son los que alejan al consumidor medio de esta fascinante religión.
El certero pulso de Basilio dejó paso a un corcho en perfecto estado y a un vino cuyas uvas se vendimiaron de forma manual, con posterior proceso de fermentación en barricas de madera nueva de roble francés hendido, tal y como expresa la contraetiqueta, esto es : con la duela estructurada de modo longitudinal sobre los radios medulares de madera impermeable.
Permanencia en el mismo continente durante poco más de seis meses, antes de su embotellado.
En copa parada exhibe un bello color amarillo dorado viejo con reflejos cromáticos anaranjados brillantes y de caramelo.
Manifiesta en su proximidad aromática recuerdos de manzana reineta, membrillo y algunos guiños acompotados, con flores marchitas y herbáceos sutiles que abren un redondeo de fragancia matizado en esencias silvestres, algunos barnices y tostados que abrazan a memorias de frutos secos y siempre un punto débil de fruta en compota, al tiempo que un giro de melosidad.
Por momentos en el perfume he descubierto entre mis recuerdos de infancia, aquellas manzanas reineta al horno que solían preparar mi abuela y mi madre, aquella con azúcar, esta con una más moderna pincelada de miel.
La boca abre con una sorprendente viveza que despliega la traza de acidez prolongada y sabrosa, siempre es la fruta quien dirige el paseo, con untuosidad y una seña glicérica no intensa pero si influyente en el avance del vino. Envolvencia y buen equilibrio, añado una franca seña de persistencia, con las señas varietales de la chardonnay dotadas de una venerable ancianidad.
Retronasal que marca evocaciones de manzana asada, membrillo, almendra tostada, barnices y algunas resinas silvestres, punto de ebanistería, herbáceos y flores marchitas de esas que suelen colocarse en los tocadores de boudoir.
La fruta en compota permanece dejando en el final un sabroso punto de salinidad que prolonga las sensaciones del vino y redondea el conjunto.
Lo califico en esta añada 1992 entre muy recomendable y más que muy recomendable.
Todo un lujo para el escritor y catador, de esos que permanecen por siempre en la memoria.

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