lunes, 15 de junio de 2015

Porto Kopke Colheita 1999.




La primera vez que tuve una de estas joyas de la vitivinicultura portuguesa delante, en el interior de la copa, sufrí uno de esos accesos inolvidables de emotividad que suelen asaltar al catador de vinos cuando escucha cerca el cascabel de la excelencia, ese sonido mágico que se traduce en un golpe en el paladar y los sentidos y que encandila de por vida con el recuerdo eterno de haber rozado el cielo.
Dirán muchos que exagero, que hago del romanticismo apasionado un modus vivendi en esto del vino, pero pueden creer que saborear el contenido de una de estas garrafeiras se ha convertido para mi en algo más que un simple ritual de cata.
Y con la compañía de un grupo de buenos amigos, entre ellos Manu Muga, que fue la primera persona que puso delante mío una de estas referencias de la bodega de Oporto más antigua de la historia, pude el día pasado dusfrutar de este colheita de la añada 1999.
Con la mano del profesional de la enología Francisco Gonçalves detrás de esta escultura vinícola y con más de trescientos setenta y cinco años de historia, la touriga nacional se recrea con amplitud, con una frecuencia de descriptores durante su cata, que surgen desde el aporte de la madera que le da madurez y desde la propia filosofía de la bodega, tradición y leyenda.
Elaborado mediante un envejecido en barricas de madera de roble y expuesto a una gradual y progresiva oxidación y evaporación y que se madura al menos durante un periodo de veinte años en ese tipo de continente antes de proceder a su embotellado.
Licorosidad, añeja impronta, elegancia, valores que hacen de los colheitas de Kopke referencias de gran versatilidad cuando se consumen de modo autónomo, sin armonías alimentarias; y que engrandecen quesos azules, patés y hasta algunas elaboraciones de pastelería y galletería.
No en vano y a título personal y tras su cata en condiciones, me dispuse a probarlo escoltado por una porción de biskotxa, el pastel vasco que ya en el siglo XVIII se elaboraba de mil maneras en la localidad labortana de Cambo, en el distrito de Baiona.
Pasta de harina, manteca, huevos y crema pastelera y el pulso firme, para la ocasión; de la repostera Maite Ibáñez de Maeztu, antigua alumna de la Escuela de Hosteleria de Leioa, en Bizkaia, y que en el presente dirige un obrador localizado en calle Sancho de Azpeitia número 1 del bilbaíno barrio de Deusto, que responde al nombre de Maikala.
Imponente pastel, sabroso, con textura y empaque, con un interior jugoso, esmerado, que capta la atención desde su presencia estética y que encandila en cuanto la boca lo atrapa y lo mueve en su interior con autoridad.
Recomiendo a todos los que puedan llegar hasta este obrador que lo hagan, y que hagan la prueba de saborear esta exquisitez que Maite pone en el mercado. A buen seguro me darán las gracias por avisar.
En cuanto al Kopke en copa parada muestra un color marrón teja, reflejos cobrizos ligeros, con una nariz escultural que describe recuerdos de frutos secos, cilantro, dátiles, fruta cítrica escarchada, bara brith galés, alguna memoria complementaria de arbustos, seña de noble licorosidad y personalidad de destilado superior.
La boca es inmensa desde el comienzo, tiene volumen, punta glicérica, equilibrio en el dulzor, con los recuerdos de fruta licorosa imponiendo su sello en el alcance del paladar, raudos y densos, elegantes.
Esbelta prolongación y sugerente persistencia, delineando en la retronasal similares expresiones a las sugeridas en la fase aromática, detallando memorias de almendra y avellana, reflejando dátiles y pasas, emocionando con membrillo y un afinado guiño de boudoir y fondo de armario, matizando giros de ebanistería y pulsando la tecla dorada de la excelencia en la solera, ese tono añejo que le concede toda la credibilidad posible.
Gloria en labios, boca y paladar, emoción en nariz y retinas, poco más se puede pedir.
Lo califico en esta añada 1999 como más que muy recomendable.



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