martes, 9 de junio de 2015

Alberto Nanclares Ocio Paraje Mina Albariño 2013.









Alberto Nanclares Ocio elabora vinos sin el presunto rigor que marca pertenecer a una familia cuya relación con la vitivinicultura se pierde en la noche de los tiempos.
De hecho y como manifiesta este hacedor de vinos albariños su aproximación a este universo llegó más por casualidad y por su otra pasión, la navegación marítima, que por la pasión por la cultura del vino.
Tras vivir en Madrid con su esposa y después de adquirir un barco de madera se trasladó a Galicia, en donde asentó sus pasos en una finca de cinco mil metros cuadrados plantada con cepas de la casta del río Umia.
Todo fue comenzar y sin más preparación técnica que la del auto aprendizaje, Nanclares comenzó a elaborar, con mesura, con tiento, pero también con pulso firme.
Enamorado de la acidez, Alberto ejerce de embajador amable de la albariño gallega, y considera esta como virtud diferenciadora e icono de la excelencia de una tradición vitivinicultora que él explora y que esta dispuesto a manejar y desplegar con respeto, pero también con insolente orgullo.
Y para un ciudadano del mundo como Nanclares, emparentado con la burgalesa Miranda de Ebro, ningún sitio mejor que Logroño, la cercana Rioja; para catar uno de sus vinos
La Tavina en la calle Laurel fue singular testigo de esta prueba, con dos pinchos emocionantes y polivalentes, un rollo de salmón y un bacalao confitado con aposento de vichysoisse, planteados con la moderación habitual de este establecimiento logroñés, en donde lejos de endomingadas creaciones artificiosas, lo que cuenta es la materia prima de calidad adecentada con suficiente rigor técnico y estético como para atraer la atención del visitante.
Salmón y bacalao, dos productos del mar, que desde luego armonizaron a la perfección con este Paraje Mina en edición de añada 2013, un vino blanco en el que, en efecto; la acidez resulta gratificante, persuasiva y diestra.
Elaborado con frutos procedentes de una parcela con viñedo en proceso de reconversión a ecológico, acredita un proceso de fermentado en barrica de quinientos litros envinada de cinco años.
En copa parada muestra un color amarillo dorado brillante, con cercanía aromática que despliega recuerdos cítricos, manzana verde y algún punto de ciruelas claudia maduras, dejando en segunda instancia un guiño láctico menor y un final que desprende evocaciones balsámicas.
Boca que arranca con una firme traza de acidez, longitudinal, arma un perfil refrescante, mucha viveza en el paso, con un punto de untuosidad, buen empaque de fruta cuando el vino alcanza el paladar.
Persistente, llega hasta el final, anunciando en la vía retronasal memorias de ciruelas claudia, manzana verde, pomelo, con notas de media cremosidad y un tono final que cabalga a lomos de dos corceles siameses, por un lado recuerdos de hinojo y resinas, por otro una huella de salinidad, que atiende a sentido mineral.
Evidente personalidad atlántica para un vino blanco que en esta edición de añada 2013 califico entre recomendable y muy recomendable.

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