sábado, 9 de mayo de 2015

¿Hablamos de consumo?.


Con la extravagante sombra azul colocada detrás de mi, comienzo un artículo con la impresión de que nadie me entenderá. De que habrá muchos que pensarán que soy un prepotente, un friki, un esnob e incluso, un intolerante. Quienes me conocen antes de leer estos párrafos, saben que lo único que me mueve con respecto a la cultura vitivinícola, es la pasión, el amor por la cata, por las sensaciones y experiencias y por la divulgación.
Catar una media de dos mil quinientos vinos al año no me da más crédito que el de la libertad de expresión, ni siquiera me da derecho a presumir de saber de vino. Siempre dije y mantengo, más como consejo que como regla;  que hay que huir a tiempo de aquellos que presumen con desahogo y alarde de entender de vino. Los que se han doctorado en base a un esfuerzo y un trabajo diario en esto del vino, no presumen, simplemente hacen vinos. Los que catamos y escribimos no sabemos, ni entendemos, sólo disfrutamos y compartimos el disfrute.
Dicho todo esto, tengo que añadir que cada vez me preocupa más ver como el consumo en nuestro pais está a la cola, mientras la producción se sitúa en cabeza.
Somos los españoles un caso de estudio psicológico, que no sociológico.
Me preguntaba el día pasado un enólogo de Rioja sobre mi opinión al respecto de la lejanía entre la juventud española y el consumo de vino. Y le contestaba que lejos de creer en esa estupidez que circula por ahí en el sentido de considerar las catas de vino, simples y sencillas, basadas en un simple análisis organoléptico, como las responsables de esa lejanía por el presunto miedo que dan a la juventud, que tiembla por el hecho de no percibir frutos rojos y lácticos en un vino.
Se ve que algunos creen que la juventud se pasa a la cerveza por el hecho de que el vino no refresca igual, que no presenta tantos recursos descriptores, y que España es un pais en el que durante el verano se suda como un pollo.
Por eso y para atraer a esa remisa juventud lo ideal es inventar bebidas inspiradas en el arco iris que presuman de ser vino, lanzar al mercado espumosos brebajes primos de la tradicional sangría ó el legendario zurracapote, de cara a bajar los pantalones al auténtico vino y así acercar a los inocentes e ingenuos jovenes, que al parecer para algunos, y en este pais, son poco menos que lerdos.
Yo que ya me cansé hace tiempo de luchar contra un muro, me enorgullezco cuando, como el otro día; un bodeguero riojano de Labastida me transmitió que la gente joven de su entorno comienza a potear por las tardes con vino blanco de viura, fresquito y amable.
Me lleno de satisfacción cuando un amigo me dice que en Burdeos y en Nueva York y Londres, la gente joven se toma una ó dos copas de vino antes de cenar ó por la noche sentados en una terraza ó bajo las luces de neón de una discoteca.
Me río de los tontos que siguen creyendo que la juventud española sólo bebe mezclas ridículas que presumen de ser justo lo que no son, y que para ella el vino es poco menos que un complejo bebedizo para mayores de sesenta años.
Y me río porque el poco respeto que durante años algunos influyentes medios han mostrado hacia el vino, lo pago con la misma moneda.
El vino es un alimento, lo es. El vino es parte de nuestra historia y nuestra cultura, lo es.
El vino tratado con el respeto que merece, desde la infancia hasta la madurez del alma, no es peligroso. No muerde, no atenta contra la integridad de nadie. No siquiera puede matar, salvo, claro está; que su consumo sea tan compulsivo y excesivo, como meterse antes de ir a dormir tres kilos de higos, ó veinte piezas de ternera de mala calidad comprimidas en una burguer pendenciera de esas que para digerir con solvencia hay que acompañar de tres litros de coca cola.
Me he cansado de decir que el vino se aprende desde el hogar, desde la escuela, desde la responsabilidad de los adultos que sabemos explicar que el vino no es sólo una botella y ya está. Que detrás de una botella de vino hay muchas horas de trabajo, de mimo y dedicación agricultora, de labor en bodega, de exposición, de sol, de lluvia, de esperguras y podas, de tipos de madera, de composiciones de suelo, de maduración, y de tantas y tantas influencias externas que condicionan una añada, una cosecha, una vendimia.
Que el vino tiene la virtud de la excelencia, de los valores que aporta una cultura con propio brillo.
La botella de vino encima de la mesa de la comida y la cena, esa que cada vez falta más en nuestros hogares, la enseñanza de la parte más saludable de este alimento tan nuestro, el repertorio excelso de sensaciones y experiencias que se acumulan en el cuaderno de bitácora de un buen bebedor de vino, el turismo enológico, las conversaciones con bodegueros y enólogos, y sobre todo la humildad del aprendizaje, la ausencia de la crítica gratuita tan habitual en algunos necios que dicen catar y que lo único que aportan es prepotencia y absurdo talibanismo.
El vino no es monopolio de nadie, es ante todo un bien a proteger y a defender, un recurso sociológico que anima el espíritu y ensancha el alma.
No lo dijo nadie, lo afirmo yo.
Si en este pais pretendemos acercar más el vino a los hábitos de consumo de la gente, tenemos que empezar por respetarlo entre todos, por defenderlo y divulgarlo, y por alejar manías de falso puritanismo y empezar a considerarlo como lo que es : un alimento saludable y necesario.
Recuperar el consumo moderado y diario de vino en nuestros hogares, dejando que nuestros pequeños crezcan con esa iconográfica botella cerca de ellos, sin temores ni tragedias.
Cuando el vino se muestra con su elegancia, con su identidad y diversidad, no hay problemas.
Sólo lo hay cuando lo vestimos de falsos perjuicios y lo disfrazamos de toxicidad e insalubridad.
Tan indencente es beberse dos botellas de vino al día por persona, como mezclarlo con palomitas ó zumo de papaya con tal de que se venda más, y presuntamente acercarlo de ese modo a la juventud.
No creo que un vino con los colores del arco iris resulte más cercano que una maceración carbónica ó un blanco de viura. Ni lo creo, ni desde luego tengo que admitir semejante falsedad.
Si hablamos de consumo, no caigamos en demagogias y flatulencias.
Si hablamos de consumo, empecemos por fomentarlo con respeto al producto.
 

2 comentarios:

  1. Una reflexión mía de hace algún tiempo:
    http://pequenosgrandesplaceres.blogspot.com.es/2014/08/dejad-que-los-ninos-se-acerquen-al-vino.html

    Saludos.

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  2. Gracias por tu aporte Smiorgan, como siempre reflexión certera, un abrazo

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