viernes, 20 de marzo de 2015

Vino y Gastronomía : Cru Lamouroux Le Moelleux 2006 y Cremoso de Chocolate de Ramón Piñeiro.








Quiero agradecer a la familia Ziemek-Chigé su desinteresada colaboración con este espacio divulgador de la cultura vitivinícola y gastronómica, mediante el envío de varias muestras de sus principales referencias desde la dulce Jurançon.
Para catar y armonizar esta referencia, protagonista de la entrada de hoy en el blog, conté con la estimable aportación repostera del chef logroñés Ramón Piñeiro, al que desde luego también agradezco una vez más la contribución que ha realizado para que El Alma del Vino pueda ofrecer a sus lectores una armonía alimentaria del brillo y distinción de la presente.
En su comedor de la logroñesa calle Portales y en compañía de unos buenos amigos catamos primero este vino blanco dulce, elaborado con una conjunción varietal de petit manseng, en una proporción del ochenta por ciento; y gros manseng, en el veinte porcentual restante. Vinificado en depósitos de acero inoxidable, ofrece en copa parada un color amarillo dorado y brillante, con algunos reflejos de oro viejo, en el comienzo no demasiado expresivo en nariz, hay que dejar que vaya templando la temperatura, tal vez salió demasiado frío a la mesa. Y en efecto, tras unos cuantos minutos, el vino se templa y empieza a hablar. Ofrece recuerdos de ciruelas claudia maduras, algunos puntos muy suaves de membrillo y flor de naranjo, con menores insinuaciones florales y miel, débil aunque presente recuerdo de fruta cítrica, más en perfil de confitura.
Pretende la sutileza aromática y yo considero que la encuentra.
La boca es suave, con una media traza de acidez y un concepto de dulzor muy contenido, la fruta alcanza el paladar y le da buena cobertura, aunque puestos a exigir tal vez pudiera pedirse un punto ó dos más de prolongación.
De hecho el vino tiene un final un tanto trémulo, y en relación a su análisis retronasal traza memorias similares a las aromáticas, de nuevo las ciruelas maduras, el membrillo y un concepto floral ligero, asomando la melosidad algo más alzada e incluso atinada con alguna sugerente memoria botánica, hinojo y jazmín.
En su armonía con el cremoso de chocolate de Ramón Piñeiro y los petit four, entre los que no faltan las garrapiñadas, las trufas y los financier; dejó bien el pabellón vinícola, ajustando su contenido dulzor a la creación repostera de Piñeiro, buen engarce de una pasta brick que sirve de continente al interior, coronado por un helado sustancioso y en un conjunto con esencias de chocolate que derrite la mirada y enamora el paladar.
Una brick decía que se emparenta en el caso de Piñeiro con la greco árabe pasta filo, pues insinúa cierta condición hojaldrada, aunque creo que sin serlo realmente.
Un gozo repostero en donde el chocolate se representa en diferentes perfiles y texturas y cuya prolongación sensitiva, tras su avance certero por boca y alcance del paladar, es efectista.
Buen vals de pastelería y vino, que motivó el aplauso de los presentes.
Y es que ya se sabe : a nadie amarga un dulce, menos aún si son dos y de esta condición.
Gozo para terminar una comida, experiencia afinada y muy de lengüetear.

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