jueves, 19 de febrero de 2015

¿Hay futuro?.


Las redes sociales han llegado a punto de ebullición a cuenta de la libertina propuesta del chef David Muñoz quien, mencionando sus palabras e intenciones, buscaba zarandear el sector del vino, tal vez provocando las rasgaduras de vestiduras obtenidas a cuenta de una declaración de intenciones basada en el mero hecho de cambiar el servicio del vino, traspasándolo desde la copa a una pipeta.
No pretendo ser purista y sin embargo a mi las propuestas que sobre el vino hace quien ha resultado ser para la Guía Michelin un innovador de los fogones, me parecen ridículas en las formas y débilmente enmarcadas hacia la realidad desde el fondo.
Llevo años discutiendo este tema, el de la lejanía del público español hacia el vino, y vuelvo a reivindicar que no todo vale con tal de atraer al consumidor final hacia la cultura vitivinícola. Primero, no creo que hablar de cultura vitivinícola sea algo como para asustar a alguien. Si otras afirmaciones creativas del ser humano tienen su cultura, no entiendo el motivo de que algunos piensen que hablar de cultura vitivinícola sea una práctica tan snob como para que el ciudadano español medio se asuste y decida correr en pos de otras alternativas que no sean vino.
Segundo, quienes primero buscamos divulgar por encima de la crítica y las puntuaciones, no somos responsables en medida alguna de que España no ocupe primeros puestos en cuanto al consumo anual de vino. Tal vez no sea la divulgación lo que asusta, sino más bien el delirio de quienes manejan puntuaciones para intentar subir ó bajar los precios de determinadas referencias en el mercado. Entramos así en otras de las eternas cuestiones que suelen surgir en este debate, ¿cuanto vale una botella de vino?. Puede que la lejanía del vino para determinados potenciales consumidores no dependa sólo de lo más barata que sale una botella de cerveza ó del hecho de que esta quita la sed en verano y el vino no. La balanza de calidades y precios a veces sufre un terremoto en su equilibrio, cuando por obra y gracia del gurú de turno un vino es ensalzado en precio y se convierte en una pieza casi inaccesible, más teniendo en cuenta la que está cayendo. Márgenes desorbitados en algunos establecimientos de restauración se ocupan del resto.
Tercero, acercar la cultura del vino no depende sólo de sacar una botella en una reunión de amigos ó bajar los precios de una bodega en los bares, regalando a cambio un pincho ó participando en el sorteo de tres botellas del mismo vino. Acercar la cultura depende en gran medida de atraer al público a la enogastronomía, a las visitas a bodega y viñedo, a trasladar a los clientes potenciales esa magia que algunos ya hemos conocido tiempo atrás y con la que seguimos gozando, a crear talleres en colegios y escuelas, a imagen y semejanza, por ejemplo; del proyecto que a través del cocinero Juan Pozuelo se está desarrollando en centros académicos con respecto al aceite de oliva virgen extra.
http://www.experienciasaceitesdeoliva.com/index.php/sala-de-prensa/dossier-de-prensa/58-campana-de-promocion-de-los-aceites-de-oliva.html
Hay que romper de una vez con ese puritano tabú que aleja a nuestros hijos del vino, sólo por el hecho de que sea un alimento que contiene alcohol. El consumo responsable, los análisis sensoriales, y la responsabilidad de beber con moderación y buen gusto, son criterios que debemos inculcar a las nuevas generaciones para que la cultura del vino tenga peso en el futuro.
La enocultura, el enoturismo, la gran colección de detalles que se esconden detrás de una botella de vino deben ser asignatura que podamos trasladar a nuestros infantes, para que sean capaces de explorar este mundo sin miedos, recelos ni hipócritas protecciones, que serían innecesarias si les enseñaramos desde jovenes que el vino no es una droga, sino antes bien un alimento.
Cualquier uso ó consumo vehemente es nocivo, también lo es el de la playstation ó el consumo ingente de higos, y sin embargo parece que el vino se lleva todo el peso del delito.
Presumo de haber acercado a mis hijos, en alguna medida, al mundo del vino y entono el mea culpa porque a veces lo hago en menor intensidad de lo que me gustaría.
En mi casa siempre hay una ó varias botellas de vino encima de la mesa del comedor, costumbre esta que al parecer y en muchos hogares falleció por prisas y desidias inmerecidas.
Soy de los que creo que el futuro de esta cultura que algunos no nos cansamos de divulgar en la medida de nuestras posibilidades, depende de un trabajo conjunto. De que administraciones públicas, bodegas, consejos reguladores y divulgadores nos pongamos a remar en la misma dirección, logrando iniciativas como la que se esta desarrollando respecto de nuestro primo hermano, el aceite de oliva virgen extra.
Me ofrezco desde aquí para enmarcar con dinamismo y tozudez la cultura vitivinícola en cualquier centro escolar que de mi lo requiera, sin miedo, dejando de lado falsedades y complejos, trazando una linea de diversión para que los chavales, en función de cada curso y edad, se acerquen al vino, bien sea mediante una simple sesión de color y aroma, bien sea mediante un taller en donde se inicien en las diferentes varietales existentes, bien sea con cursos extra escolares, bien sea, en fin; mediante una serie de demostraciones previamente pactadas que en caso alguno suponga que el alcohol quiebre esa magia.
El problema no es del vino, créanme, es de la falta de información, de la quiebra de la comunicación entre educadores, padres e hijos, en hacer creer a nuestros chavales que siempre que se consume vino, se termina derrapando.
El consumo responsable se enseña andando, no con cateta palabrería de predicador televisivo.
Lo del chef Muñoz y sus pipetas de vino no es más que una gracia, una provocación lanzada a los siete mares, que ni siquiera tiene mi consideración.
Beber vino es saludable, siempre y cuando se haga con la lógica moderación, y para encauzar ese consumo racional, hace falta también un medio racional. Caer en el garabato, en el zarandeo fácil, no me parece de rigor, al igual que tampoco me lo parece buscar atajos inoperantes, intentando sólo alcanzar la meta de subir los beneficios empresariales.
Si de verdad queremos acercar esta fascinante cultura al público, hay que, en efecto y sin caer en purismos; (puede que casi todo pueda estar permitido) reivindicar el buen nombre del vino, el del terruño, el de la bodega y la madera y el de la inmensa variedad de vinos posibles, algo que nos hace grandes, únicos y desde luego singulares. Y lo que es aún mejor : al alcance de todos.
Mediante la pasión en la divulgación algunos incluso logramos de cuando en cuando, que gentes que antes no se ocupaban del vino, comiencen a bucear con interés en estos océanos.
Y no vean que ilusión me hace comprobarlo.
Hay futuro, lo hay, aunque hay que alejar sombras y fantasmas que acechan en el camino a recorrer, y enlazar con la luz del horizonte. Una luz que refleja tradición, consumo, sensaciones, experiencias y conocimiento.
Misión de todos, sin fijarnos en la paja, buscar el trigo.
Una misión no tan compleja ni zarandeante como algunos intentan demostrar.

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