domingo, 22 de febrero de 2015

Bodega Granja Nuestra Señora de Remelluri Blanco 2010.




La primera vez que tuve la suerte de catar esta referencia de la bodega que lidera Telmo Rodríguez, fue durante una visita a ese entorno fascinante que rodea el dominio y que convierte a Granja Nuestra Señora de Remelluri en uno de esos espacios naturales vitivinícolas privilegiados que una vez que son capturados por la retina, nunca se olvidan.
Remelluri despliega paz al corazón y vitivinicultura al alma, con una fantástica colección de flora y fauna, con ese ambiente sereno que sólo se quiebra por el afán de sus visitantes en no perder detalle.
En aquella ocasión caté y degusté el Remelluri blanco en edición de añada 2007 y gracias a mi amigo Javier, en esta ocasión, he podido saborear esta cosecha 2010, impactante y plena en concesiones.
Como siempre la garnacha blanca, el viognier, la sauvignon blanc, la chardonnay, la roussane y la marsanne como uvas principales en un festín para el paladar.
Vendimia manual que va seguida de un proceso de selección en campo y mesa, fermentado mediante el uso de levaduras autóctonas, utilización en el proceso de vinificado de cubas de cemento y acero inoxidable, además de barricas y fudres de mil doscientos litros.
Para su maduración interviene la madera de roble francés, durante un periodo aproximado de dieciocho meses.
En copa parada muestra un color amarillo brillante y dorado, con la nariz que esgrime una sugerente y larga complejidad expresiva, deslizando evocaciones de fruta cítrica, pétalos florales blancos y amarillos, jazmín y camomila, algunos especiados dulces que se dejan acompañar por balsámicos de media intensidad, apuntando en un fondo fragancias de pastelería y cierta cremosidad.
Tiene un destello de ciruelas claudia, membrillo, mandarina, manzana roja, crema de limón, lichis, efecto avainillado, bollo de mantequilla y pastel de arroz recién horneados, muchos ramilletes de flores, y un guiño inquieto de hinojo y de novicia mineralidad.
Un auténtico parque de atracciones de los aromas, que merece ser atendido con paciencia, concentración y agenda de notas a un lado.
La boca es sabrosa, balanza genial de fruta y madera, sustancioso y glicérico, pero sobre todo armado de una estupenda seña de frescura y fruta.
Muy buena persistencia, prolonga su personalidad durante toda la cata y más allá.
La retronasal abunda en los descriptores sugeridos en la fase aromática, e incluso profundiza en los balsámicos, apuntando un suave recuerdo mentolado, nada evidente tal vez, pero sí pillado al vuelo.
Gestiona las sensaciones de fruta y flores con longitud, con cantidad de posibilidades mostradas al efecto, mide los tiempos de la madera con muy buen criterio, y apuntala un vino blanco seco lleno de sorprendentes recovecos que cuando se encuentran, dejan imborrable huella de matices.
Una magnífica añada de este tesoro de Rioja, que califico sin duda, como más que muy recomendable.

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