domingo, 21 de diciembre de 2014

Brandy Castillo de Sajazarra, un proyecto ilusionante.




Compartir con Jabier Marquínez la evolución de uno de sus más ilusionantes proyectos es para mi no sólo un placer, también un lujo. Cuando conocí la idea del brandy a elaborar que le pasaba por la cabeza, acababa de conocerle. Fue durante mi primera visita a la bodega, durante el verano de 2013. En aquel momento aquello era una idea, avanzada tal vez; pero idea a fin de cuentas.
Ya dijo el escritor norteamericano Mark Twain aquello de "un hombre con una idea nueva es un loco hasta que la idea triunfa", y no es que esté llamando loco a mi amigo Jabier, más bien y salvando la propia idea que Twain quiso trasladarnos, creo que el enólogo de Castillo de Sajazarra es hombre de los que llevan a buen término sus ideas, con esfuerzo y dedicación constante. No creo que la elaboración de este brandy le esté volviendo loco, antes bien nos volverá locos de alegría a quienes vamos catando este proyecto, a medida que va creciendo en sabiduría y bondad.
Algunos meses después y cuando juntos compartimos unas jornadas gastronómicas en la Escuela de Hostelería de la UPV de Leioa, quiso bendecirnos con las primeras gotas de su aguardiente, obtenido por la destilación de vino. Era un bebé, un juvenil brebaje en donde las holandas se apoderaban de los sentidos del catador, aguardiente de vino sin envejecer, más menos sólo tres meses.
Y en esta última ocasión, durante mi reciente visita a la bodega del castillo, ya con dieciocho meses de maduración; esta conjunción varietal de un cincuenta por ciento viura y la otra mitad compuesta por tempranillo, graciano y garnacha, con vinificación en rosado, casi blanco; mediante sangrado; he logrado saborear lo que ya comienza a parecer un brandy, siquiera en color, y una grappa avanzada en aroma y sabor.
Tres gramos de azúcar por litro, con una bella estampa cromática, lograda por la suma de caramelo y también sin duda por el tostado de las barricas. Aromas de montant fáciles en la aproximación olfativa, que dejan paso tras unos minutos de espera a frutas blancas maduras, pizca cítrica y compendio floral, avanzando a una nota de avellana y ebanistería, va ganando terreno.
Finura en la fragancia, con el grado de alcohol bien integrado, aposta algunos barnices muy ligeros.
Las señales del orujo aparecen de fondo.
La boca tiene una buena seña de untuosidad, que irá creciendo con más tiempo de maduración, se muestra equilibrado, suave en el avance y potente en la llegada. La calidez que despliega se acomoda con agrado al paladar.
En su condición retronasal abunda en una evocación de fruta blanca melosa, cítricos, avellana, ebanistería y algún guiño de barniz, narciso y flor de lavanda, punta de nueces que no aparece en nariz, acabando en un maravilloso despliegue de suavidad golosa.
Es un brandy aún lozano, que va ganando enteros y que a buen seguro, en mi próxima y esperada cata, cuando pasen unos cuantos meses más, volverá a emocionarme.
Este hijo de Marquínez va cumpliendo meses con una espléndida salud y sin lugar a dudas, antes de volvernos locos a todos, logrará seguir arrancándonos una sonrisa de placidez y complicidad.
Presente que emociona, futuro que a buen seguro encandilará.
Seguiré informando sobre su crecimiento.

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