lunes, 10 de noviembre de 2014

Bodega Bohedal Hebabe Tempranillo 2010.



De mi reciente última visita a la bodega Bohedal figura este monovarietal de tempranillo, una maceración carbónica que acredita una maduración de doce meses en barricas de roble francés Radoux. Sí, en efecto, crianza sin despalillado previo, con elaboración de grano entero, al estilo más tradicional. Un orgullo personal para la familia Tejada, ya que como bien afirma Leire, no es un perfil habitual en la denominación, y siendo Rioja, como es; una de las máximas defensoras de este modo de elaboración, y yo uno de sus primeros espadachines divulgadores, el círculo se cierra en esta entrada del blog. Me encantan las maceraciones, las defiendo con uñas y dientes, y me encantaría que alcanzaran cotas de gloria internacional más que merecidas. No sólo me resultan románticas por su halo de leyenda y tradición, sino también integras en cuanto a calidad, y aseguro que hay pocos vinos en el mundo, si hablamos de lozanía, frescura, envolvencia frutal y divertimento, como una de nuestras maceraciones.
Hecha esta reivindicación, que nunca me cansaré de hacer, debo decir que la apuesta de Bohedal por incluir madera en la formación de este vino, no sólo no me ha resultado osada, sino que demuestra un equilibrado punto de encanto, una sensación en donde la fruta habla parlanchina mientras la madera le mece con cariño. Algo así como una madre balanceando la cuna oscilante de madera de su niña, mientras le canta una nana.
Precioso color apicotado intenso con reflejos violáceos, nariz en donde se juntan recuerdos de frutos rojos, bayas, grosellas, cerezas, fresas de mata, un guiño cítrico que redondea la esencia de las drupas, avanzando en cremosidad y flores rojas, hay dibujos mentales de golmajerías infantiles, pero también un punto de vainilla, una traza láctica y un final suavemente balsámico. En todo caso la fragancia recuerda a buena fruta, mucha fruta.
Boca sabrosa, golosa, pulposa, con un lineal de acidez que despliega viveza y frescura. Lo bueno es que la madera pestañea dejando que la fruta mire al horizonte, gran equilibrio e integración de sensaciones. Vino con sentido común, amplio y con una sabrosa condición persistente.
La retronasal habla de frutos rojos maduros, punto de sazón, alguna evocación especiada más bien ligera, con menos intención láctica que en la vía olfativa y un punto final que nos habla de recuerdos a regaliz, estos no demasiado impactantes ya que la fruta siempre asoma su cabeza.
Un gran vino en buena cosecha que califico entre muy recomendable y más que muy recomendable.
Hay que catarlo, amigos, y también, por supuesto; beberlo con admiración.

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