martes, 2 de septiembre de 2014

Bodegas López de Heredia Viña Tondonia Cosecha 1954.





Otro tesoro de Rioja catado en compañía del enólogo Jesús Madrazo, durante una revisión de viejas añadas. La cosecha 1954 del Viña Tondonia tinto, con una conjunción varietal de tempranillo, casta mayoritaria; garnacha, mazuelo y graciano.
Tras el descorche fue sometido a un proceso de doble decantado, algo que Madrazo domina y que siempre es bueno aprender, máxime cuando procedemos a catar estos tesoros que engrandecen la leyenda viva de la denominación.
Viva la leyenda y vivo también el vino, adorable, sedoso, sutil, marcando una gallardía vinosa digna de aplauso, en la que despunta por su matizado y ancianamente elegante tono cromático, rubídeo, con algunos reflejos cobrizos, anaranjados y teja.
Nariz en la que asoman frutas rojas maduras en sazón, con un guiño de piel de naranja confitada, ciertas notas más lejanas de guindas licorosas, flores marchitas y notas ahumadas, con la ebanistería ganando terreno y abriendo una página memorable en donde amanecen cueros, corteza de árbol y barnices, tocador femenino, algún guiño micológico menor, y en su perímetro de fragancia, destellos de hoja de tabaco y caja de puros.
Lo mejor del perfume consiste en una inicial viveza de la fruta roja, que sin dejar esos apuntes licorosos y sazonados, aporta en nariz un punto envidiable de frescura, más allá de la madurez mencionada.
Equilibrado y lleno de complejidad.
La boca es plena en cuanto a elegancia, muy en clave Rioja; íntegro en su arranque, terciopelo en el avance, suave en su alcance del paladar, los taninos aún presentes y bien pulidos, hermoso en cuanto a viveza, que aparece con una guía de acidez llena de merito y energía, vive a mayor gloria de Dios.
La fruta aparece en su progresión por boca, alzada en un altar de adorable ancianidad, como si los años hubiesen pasado guardando dentro de la botella esa juventud que tuvo y que por lo visto ha mantenido como glorioso legado.
Redondo, con una marchita condición que aparece siempre en segundo plano, y que a pesar de lo que algunos interpretan cuando se menciona el calificativo marchito, no es sinónimo de muerte, ni siquiera de cansancio ó poca vitalidad, sino de elegante sutileza, de esa condición que el paso de los años y la buena conservación otorgan al buen vino de Rioja. Clase no le falta, empaque y viveza tampoco, pero siempre con un heraldo que anuncia la eternidad, que consigue convencer al más desconfiando de que hay bodegas, como López de Heredia; que han logrado, a base de buen trabajo y veteranía, encumbrar sus vinos a la categoría de venerabilidad, prestigio y hasta religión.
No exagero, catar esta botella de la cosecha de 1954, en el presente, ha sido una de esas experiencias religiosas que el mundo del vino suele concedernos. Por eso, a algunos, nos gusta tanto.
Retronasal que apunta recuerdos de guindas en licor, piel de naranja, ciruelas rojas, confitura y pétalos de flores rojas, nota de matorral que no aparecía en nariz, cuero y ebanistería, tabaco y barnices, tostados y especiados, clavo, canela y pimienta negra.
Un vino que en esta añada y botella, califico como más que muy recomendable.

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