jueves, 31 de julio de 2014

Los jesuitas y el vino.


Quien escribe y dirige este blog de cultura vitivinícola leía hace algún tiempo un buen artículo escrito por el sommelier Roberto Colmenarejo en el que entre otros apuntes, versaba sobre la relación que la Compañía de Jesús ha tenido, durante su historia; con el mundo de la vitivinicultura.
Como en otras órdenes religiosas, los trabajos de campo no han sido ajenas a la expansión de la Societas Jesu, acompañando a su fórmula fundacional consistente en la salvación y perfección de los prójimos. Hoy que, los católicos celebramos ad maiorem Dei gloriam, la festividad de San Ignacio de Loyola, es bueno revolver en la propia esencia de los jesuitas, para conocer mejor uno de los primordiales puntos en los que se basa la funcionalidad espiritual y social de los seguidores del santo azpeitiarra.
Dicen las crónicas que San Ignacio tuvo como prioridad el que los miembros de su congregación estuviesen siempre preparados y dispuestos para acudir con urgencia en misión de la Iglesia allá en donde fuesen requeridos. Y lo cierto es que la tradición ignaciana está plagada de relatos e historias misioneras, que yo, como antiguo alumno de uno de sus colegios, el de Bilbao; conozco desde muy temprana edad. Por aquel entonces, Roland Joffé, el cineasta franco británico; aún no había rodado La Misión y por ello cuando los de mi generación asistimos a su estreno, ya teniamos hechos gran parte de los deberes, como buenos alumnos que eramos de un colegio de los jesuitas.
Esa expansión geográfica de los seguidores de San Ignacio les ha favorecido a la hora de manejar las labores de vitivinicultura desde que la Compañía de Jesús se fundara allá por 1.539.
Y es el sommelier Colmenarejo precisamente quien es su artículo, antes mencionado, relacionaba de pleno a los jesuitas con la llegada a la Corte de España del primer vino traido de América, el lagrimilla, y que fueron para más señas los jesuitas quienes hasta nuestra piel de toro lo trajeron para goce y disfrute de reyes y cortesanos, procedente de sus viñedos y bodegas monasteriales localizadas en la Córdoba argentina.
Era uno de esos vinos de misa, necesarios para su actividad, que ellos mismos elaboraban y a buen seguro les servía en función de autoconsumo, que a fin de cuentas hay que paliar de una santa vez ese ridículo punto de incompatibilidad entre vino y moral, tan manido y tontorrón.
No sólo el artículo del amigo Colmenarejo da testimonio de la relación entre viñedo y jesuitas, existen estudios largos y profusos, como el de Raúl Sánchez Andaur, catedrático de historia en la Universidad Autónoma de Chile; que divulgan contenidos como Viticultores Jesuitas en el Obispado de Concepción, y el del periodista argentino Favio Cabrera, que en su artículo Jesuitas, los bodegueros pioneros, versaba sobre los lagares de piedra que los miembros de la orden gestionaron con buen tino en San Juan de Cuyo, gracias a sus viñedos de La Chacra de Puyuta, de donde surgían mostos, vinos y aguardientes con destino a Buenos Aires.
Tres relatos, hay muchos más; ejemplo de la relación que los jesuitas han mantenido durante su fructífera historia con esta cultura fascinante, y que redondearé, como buen vino; con mi recuerdo de los fallecidos Padre Mendibelzúa y Padre Aguirre, los cuales, cuando alguno de sus alumnos sufría un mareo adolescente ó un simple desfallecimiento físico, le congratulaban con una inocente copilla de vino generoso, para restablecerle a su estado original.
Doy fe de ello en al menos dos oportunas ocasiones, que forman parte por derecho propio de la memoria selectiva perteneciente a mi estancia en el colegio de Indautxu, en Bilbao. Detalle simpático, que aunque en una condición más anecdótica que el resto de los mencionados; demuestra que nunca les tembló el pulso, con ridículas moralinas tan presentes en nuestros días; a la hora de aprovechar con efectividad el carácter saludable de este fruto líquido de la tierra, cuando se trata con moderación.
Es esta entrada un homenaje personal sincero a San Ignacio de Loyola, y a todos aquellos padres jesuitas que desde que enarbolaron la bandera del espíritu ignaciano, pusieron su granito de arena en la defensa y promoción de esta cultura que algunos tanto profesamos.
Como reza la divisa ad maiorem Dei gloriam...
Inazio gure patroi handia, feliz dia de San Ignacio de Loyola a todos mis lectores.

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