lunes, 12 de mayo de 2014

CVNE Monopole 1963.



Un vino sorprendente, del que tal vez por propia ignorancia, había hecho un ejercicio de subestimación, y del que he disfrutado como un auténtico enano, en compañía de Chus Madrazo, enólogo y gran conocedor de los entresijos de este fascinante universo vitivinícola.
Una leyenda más de los vinos de Rioja, acreditando a la viura, pero también al buen hacer enológico de una bodega con tradición, CVNE; en la que y en la añada de la que hablo, era Ezequiel García "El Brujo de Rioja" el máximo responsable. En pleno auge mediático de los blancos de esta histórica denominación, es bonito comprobar como en aquellos tiempos ya se apreciaba la viura como casta genuina, pero como del mismo modo se aportaban malvasía y garnacha blanca como escoltas de aquella. Si a ello añadimos el toque personal que Ezequiel aportaba a la mezcla varietal, con una benefactora punzada de palomino, vinificado por la bodega Emilio Hidalgo, legendaria por sus manzanillas; el resultado no puede, de modo alguno, resultar decepcionante.
Como bien recuerda Ezequiel, con el que he podido charlar animadamente en varias ocasiones, antes de catar este Monopole en edición de añada 1963; la elaboración de los vinos blancos en CVNE era bastante somera. El fruto llegaba de la vendimia de fincas cercanas a Haro, localizadas en municipios como Anguciana, Cihuri, Cuzcurrita, Sajazarra ó Tirgo, incluso con algunos aportes de la casta calagraño, varietal esta que terminaba siendo rechazada por resultar con poco grado y muy astringente.
El fruto, al llegar a bodega, se estrujaba mediante rodillos, con la inmediata participación de una bomba de vendimia que la alzaba hasta un escurridor dinámico, conduciéndose a un torco, charco grande; desde donde subía a los depósitos destinados a los blancos, en donde durante una noche desfangaba con un aporte de SO2.
A la mañana siguiente se pasaban al depósito número 51, donde se acometía la fermentación.
Luego llegaría la bentonita, pero esa es ya otra historia.
Uso de hormigón, con maduración de nunca menos de un año en tinas, y no menos de seis meses en barricas usadas.
El vino presenta en copa parada un color amarillo dorado intenso, con un tono anaranjado y suaves cromáticos caramelo. La nariz tiene el tradicional comienzo de fruta y flores marchitas, que tras una breve espera, vencen la timidez y comienzan una apertura sorprendente de complejidad, dejando evocaciones balsámicas, melosidad más intuitiva que marcada, herbáceos sutiles, membrillo y confituras, con algunas señas de frutos secos, a mi juicio adorables. Esboza motivaciones de soleras finas, amplio en fragancia, con aportes de bosque otoñal, tostados.
La boca aporta densidad, con glicéricos bríos, viva aún la acidez, no sin motivaciones de reducción, presentando un buen equilibrio, profundo y largo, sensaciones secas y de cierta salinidad, buena persistencia. En la vía retronasal apunto avellanas y almendras, con una débil seña de manzana asada y confitura de ciruelas, predominando un tono floral y herbáceo marchito aunque muy elegante, y emocionando a través de unos tostados suaves y una condición balsámica amplia y muy compleja.
Resinas, eucalipto, matorral, y en fin una lista interminable de sensaciones.
Hay un golpe de membrillo al final, aportando ese dulzor que a ratos aparece en muy segunda línea.
Distinguido e incluso diría que seductor, muy propio de una personalidad apasionante como la del hechicero de Rioja, Ezequiel García.
Uno de esos vinos de copa y reflexión, que en esta botella y en esta añada califico como más que muy recomendable.
Paciencia, leyenda y tradición. Tres términos que se unieron para mi gozo y disfrute, durante la cata de este blanco de CVNE.

No hay comentarios:

Publicar un comentario