miércoles, 28 de mayo de 2014

Bodegas López de Heredia Viña Bosconia Cosecha 1947.



De mi reciente cata en compañía de Chus Madrazo traigo a colación hoy en el blog este tesoro de la enología riojana, un Bosconia de la añada 1947, vino del que el conferenciante, escritor y fotógrafo norteamericano, apasionado de España y de los santos vinos de Rioja; Gerry Dawes, versó maravillas hasta el punto de afirmar sin ningún género de dudas, que se trataba del mejor vino que había degustado en toda su vida.
Personalmente he tenido la dichosa fortuna de catarlo y saborearlo procedente de dos botellas, una de tono turquesa oscuro en el cristal, preciosa, con un elegante lacre vistiendo el corcho, la otra más habitual.
Debo manifestar que en los dos supuestos el contenido era pleno, con una viveza que el vino desplegó en su recorrido, acidez aún presente, y en ambos supuestos con condiciones parecidas, bastante similares, buena conservación.
Es este Viña Bosconia de 1947 uno de esos vinos que desprenden esencia vitícola riojana por los cuatro costados, con la tempranillo como base varietal mayoritaria, acompañada con buen tono por la mazuelo, la graciano y la garnacha, en una generosa conjunción vínica que trasciende de lo geográfico y que representa cultura viva de la denominación, gallardía vinosa, tono de elegancia integral, con una magia que surge desde dentro de la botella, cuando con tiento infinito se busca el ansiado descorche.
La sutileza de las viejas añadas de López de Heredia, enebrada con un portentoso referente de fruta, amparada en la filosofía de una familia, leyenda eterna de los vinos del jarrero Barrio de la Estación, ese lugar en donde se respiran los aromas que sólo el buen vino puede desprender.
Copa parada que muestra una prodigiosa cromática rubídeas con reflejos anaranjados, prende la refulgente llama de la intensidad del color en nuestras retinas, sensaciones glicéricas cuando las gotas del vino se deslizan por el cristal de la copa. Es una maravilla catar estos vinos de viejas añadas, pero lo es aún más cuando se hace acompañado de verdaderos entusiastas de esta cultura, porque hay un instante de gloria compartida, uno de esos silencios que como en algunas de las mejores películas de John Ford, dicen más que mil palabras. Silencio de admiración y reverencia, liturgia compartida, mientras ojos, nariz y boca se encargan del resto.
Lo que a todas luces es un gran reserva, acreditando un tiempo estimado de diez años de maduración en barricas de madera usada de roble americano, empieza a cantar aromas de licorosidad, fruta roja que motiva recuerdos de cerezas y guindas bañadas en armagnac, barnices, algunos puntos micológicos no demasiado extensos, punta de terrosidad, y una sabrosa y evocadora señal de misa, de cuando algunos de nosotros ejerciamos de monaguillos, ese aroma a las santas formas y al vino que el sacerdote celebrante preparaba antes de salir al altar.
Por último, recuerdo a granos de café, seña torrefacta.
Y luego, ya en la boca, manifiesta una entrada celestial, con asomo de licorosidad frutal, deslizando su aún presencial acidez con una magnífica manifestación de sutileza, esboza recuerdos de cognac y armagnac, pero sin perder de vista esa viva sensación de frutos rojos. Hay un punto de firme persistencia, educada, fina y delicada. Si la fase olfativa era en sí misma un dechado de complejas memoranzas, la retronasal hunde sus influencia en esas cerezas licorosas, esa mineralidad terrosa, ese tono que recordaba a las misas, ese tocador de boudoir, esas pasajeras señas de cuero animal y hojas marchitas otoñales que también desprendía la fase aromática del vino contenido en la botella de cristal turquesa y que sin embargo no me parecieron tan marcadas en el vino de la otra botella.
Tostados, ahumados, ebanistería en el fondo, sin resultar demasiado determinantes.
En una segunda aproximación han aparecido también, tanto en la olfativa como en la retronasal algunas notas de nuez moscada, aunque repitiendo expresión y haciendo si cabe más intensa la firme sensación de estar delante de un brillante tesoro de Rioja.
Me consta que a los hermanos López de Heredia no les gusta demasiado todo esto de los recuerdos aromáticos y las expresiones que surgen de la cata de un vino, y aún así, y como catador, seguro que ellos ya lo saben de sobra; debo afirmar que este vino de chimenea y reflexión, se quedaría corto si alguién no versara sobre él, porque su capacidad de exteriorizar el alma de Rioja, el corazón de su bodega, es ilimitada.
No me deja otra opción, lo califico como más que muy recomendable. Necesario e imprescindible.

2 comentarios:

  1. Juan me ha emocionado tu narración de algo tan bello como encontrarse con un auténtico, paciente y sabio Rioja. Viajar por tu narración me ha transportado sin remedio a un escenario sublime, casi idílico. Enorme fortuna la tuya de poder degustar algo así. Gracias por compartirlo.

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  2. Álvaro Muchas gracias por tu comentario Es mi deber, y también placer, compartir estos vinos aunque solo sea por escrito Un abrazo

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