domingo, 27 de abril de 2014

Recuerdos, nostalgias y sensaciones.


Me dice un amigo que cierto vino de cierta bodega riojalteña, le recuerda siempre a un hermano fallecido. Al parecer, ambos acostumbraban a compartir copas de este dominio, cuando aún en vida del ausente, solían reunirse, tras pasar gran parte separados por aquello de las obligaciones laborales y familiares. El vino de esa bodega era un testigo habitual en los reencuentros, y sin duda servía de vínculo para que dos seres humanos gozaran de una fraternidad espontánea y de vez en cuando necesaria.
Este comentario me ha guiado en el presente artículo del blog. Un vino, una añada, una etiqueta ó referencia, sirven para que el lacre de los recuerdos, las sensaciones y nostalgias, deje su huella en quienes, además de catadores y escritores, presumimos de sociales degustadores.
Podría referir unas cuantas etiquetas que han sido durante mi vida, santo y seña, de situaciones parecidas. Como ejemplo, baste un botón : el Banda Azul de Paternina ha sido durante muchos años en casa de mis padres y abuelos, algo así como un referente diario, presente en comidas y cenas, vino de fácil consumo de calidad, cuando las posibilidades de beber vino de Rioja no eran tan amplias como las que existen en la actualidad.
¿Cuantas copas de banda azul no habré bebido en compañía de esos seres queridos, hoy ausentes?
Cuando ahora veo en la distancia esa banda azul, enseguida me llegan las nostalgias, los recuerdos de mis padres y mis abuelos fallecidos. Y creánme, esa sensación no me da tristeza, al contrario, me sirve de alegre recuerdo de mi formación vinícola, de ese innegable elemento que me hizo amar el vino por encima de otras circunstancias.
Hay vinos que emocionan, y en mi caso, más allá de las virtudes y posibles defectos de cada vendimia, el Banda Azul es algo más que un simple vino, es parte de mi existencia.
El vino es un alimento tan grande, que en nuestra cultura, y para muchos de nosotros, sobrepasa su peso específico, convirtiéndose en un nudo existencial, en un ingrediente de la rutina, que a veces; clava su presencia en ese archivo mental, en el memorandum que todos, de un modo u otro; llevamos prendido de nuestra mente.
A veces me preguntan si bebo vino, y contesto que sí, aunque siempre cato más de lo que degusto, pero lo realmente cierto es que más allá de beber y catar, también en mi vida hay un sitio para el vino, que tiene que ver con aquel recuerdo, con aquella escena y aquellas personas, con esas sensaciones de las que me hablaba mi amigo, y que a él, le recordaban a su difunto hermano.
Y es que el vino, no sólo existe para ser bebido. Su inmensa naturaleza le convierte en un circulante de experiencias humanas, en un recurso de humanidad y sociabilidad, en el ingrediente idóneo para dar forma a un capítulo de nuestra historia, perforando nuestros sentimientos con amabilidad y dejando impresa la imagen de unos padres, de un familiar al que estimamos ó simple y llanamente de un fin de semana de amor en el campo, ó de aquella final de la copa del mundo de fútbol que ganó España, donde estábamos y con quien.
Estoy más que seguro que todos y cada uno de los lectores de este blog, tendrán por lo menos media docena de etiquetas que van ligadas a una inolvidable aventura vital.
Y son esas sensaciones, esos recursos memorísticos, los que engrandecen aún más su leyenda, su realidad y su cercanía.
Yo nunca he podido vivir sin vino. Y esa, amigos mios, es parte de mi realidad.
El poeta romano Publio Siro afirmó quien sólo vive para sí, está muerto para los demás. El vino vive para los demás, y nosotros, con él; al menos intentamos proyectarnos en los demás, aunque por desgracia, no siempre lo logremos.
Claro está, que en mis mejores recuerdos, siempre ha habido una botella de vino cerca.
Y eso, creánme; es uno de mis grandes orgullos personales.

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