viernes, 11 de abril de 2014

El terroir y las varietales.


Cuando uno cata tantos vinos al mes, aprende a diferenciar la excelencia de la simple normalidad. Les aseguro que el chip no es premeditado, ni siquiera preparado al efecto, surge desde dentro, como si un resorte saltara cuando desde el interior de la copa el vino te saluda y decides mecerte al son de sus vinosas olas, usando nariz y boca.
Hace pocos días, leía el comentario de una compañera de profesión que se cuestionaba sobre si es positivo ó no la inclusión y cultivo de castas varietales foráneas en nuestra geografía ibérica. Mi respuesta fue clara al instante : yo no creo que, en ciertas condiciones de normalidad y en suelos de características recomendables, existan varietales que lo lleven mal siendo plantadas y cultivadas, y por supuesto tratadas con el mimo mínimo exigible, en España. Nuestro país es variado, tiene diferentes topografías, climas, influencias climatológicas, y por ende es un espacio más que valido para poder cultivar muchas de todas las varietales existentes en la ampelografía reconocida.
Se juntan por ello, varietal, con suelo, exposición, condiciones climatológicas de la añada, distancia al mar, subsuelo, horas de sol, labores de campo, entre ellas la poda; para que una varietal prenda la llama de la pasión depende en donde.
Hoy mismo he publicado un vino que representa una syrah mediterránea, grande y pleno en fruta y frescura. ¿Qué decir del Barbarot de Bárbara Palacios, ese vino de Rioja que a la tempranillo une la muy francesa Merlot?. Garnachas hay en Rioja y Aragón pero también en Madrid, Avila, Cataluña.
Cada denominación apuesta por una personalidad propia, algunos la abren a nuevas experiencias, obteniendo por ello más ó menos críticas.
En mi Rioja se oye hablar a gentes de cierta edad de los vinos de pueblo, de que antaño era posible distinguir vinos de pueblos cercanos, porque cada uno ofrecía una diferente personalidad, un carácter enlazado con el suelo, con aquella parcela de los tiempos de la abuela, ó con esa piña de pocas hectáreas localizadas en un terreno situado fuera de la rutina.
Los pueblos marcaban sus vinos con un estilo propio, natural, y por encima estaba el indisimulable sentido del Rioja, común a todos ellos.
Algunos de esos irreductibles ancianos me aseguran que aquello se ha perdido, y otros jovenes vitivinicultores me alegran el día, asegurando que ellos, desde su garage bodega, luchan a diario por recuperar esa esencia, ese espíritu que hizo muy grande al Rioja.
Entiendo que la personalidad de una denominación legendaria viene marcada por unas señas varietales de identidad muy definidas y desmarcadas del resto por el uso y la costumbre. Pero también entendería, y entiendo perfectamente, que si un estudio de viticultura afirma que un suelo, una exposición y un terroir de Rioja es válido y hasta aconsejable para incluir, pongamos; la syrah, este proyecto pueda llevarse a buen puerto.
No entiendo a quienes se cierran en banda a experimentos razonados, tampoco a quienes experimentan llevados por una obscena obsesión por llamar la atención.
Yo creo en la identidad de cada zona, pero también en la de cada palmo de terreno, la de cada finca y parcela. Y en los vinos de pueblo, los que por encima de la normalidad, buscan esa bendita, sabrosa y peculiar excelencia.
Terroir y varietales, vinos con identidad, pero sobre todo y ante todo, con personalidad y carácter.
Que ya lo dijo Martin Luther King : todo trabajo que enaltece a la humanidad tiene dignidad e importancia y debe emprenderse con excelencia esmerada.

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