jueves, 27 de marzo de 2014

Blanca como la leche.


Lleva uno ya un tiempo más que prudencial catando vinos y escribiendo sobre ellos, para haberse dado cuenta de algunos detalles que contribuyen a engrandecer la cultura vitivinícola, ampliando su leyenda hasta límites insospechados.
Son detalles que a veces por simple desconocimiento del consumidor y en otras por permanecer alejados de la visión generalista de la mayoría del público, pasan desapercibidos y que creo ha llegado el momento, de reivindicar desde este espacio abierto y de libre expresión.
En esto del vino, hay un más allá de la aparente simpleza de la botella continente, nunca me cansaré de repetirlo. Tras haber visitado más bodegas de las imaginables y haber compartido con numerosos enólogos sus confesiones y desvelos, estoy capacitado para divulgar la siguiente información, tal vez desconocida para muchos de los habituales consumidores de vino en mayor ó menor proporción.
Esto del vino no es una simple competición basada en una carrera de puntuaciones otorgadas por los gurús de turno, tampoco una simple elección del vino más barato de cuantos reposan en los lineales del supermercado de barrio ó en las grandes superficies. En esto del vino, nunca defendí la frase, que por cierto en más de una ocasión la he oido brotar de entre los labios de más de un bodeguero; que asegura que el vino sólo sabe a vino. No por su significado, sino por el peligro que entraña lanzada al espacio por algunos interesados elaboradores. Es evidente que el jamón sabe a jamón y las lentejas a lentejas, igual que el vino sabe a vino. Pero vulgarizar de ese modo el alma del buen vino, me resulta demasiado sencillo y se corre el riesgo de minimizar todo lo que se esconde, a veces; detrás de una cosecha y añada. Quienes buscan simplificar hasta el extremo el alma del vino, son casi siempre personajes que buscan cuadrar objetivos contables, más allá de la salvaguarda de la calidad y de los no gratuitos más elevados costes de elaboración y producción.
He visto con ojos de admiración a enólogos y bodegas que se gastan un dinero en comprar barricas de diferentes orígenes y tostados, que viajan muy lejos para asistir a subastas de madera con la que levantar su tonelería, que no escatiman en adelantos técnicos, que valoran los diferentes suelos del viñedo, sus exposiciones cardinales, que elaboran siempre en función de los criterios de calidad de cada añada, pequeños productores que están perdiendo dinero pero que dan la cara más por pasión que por la obtención de beneficios, elaboradores que hacen crianzas con maduración de reservas, bodegas que no traspasan los límites de producción para obtener más ventas y menores calidades.
En fin, he visto seriedad y profesionalidad, pasión por el vino. Pero también he tenido cerca a personajes que pretenden ocupar un espacio de privilegio en esta fascinante cultura, y que a través de un afán por vender sin condiciones, defienden en el mercado vinos de poca calidad, tirando los precios hasta límites inconfesables y apadrinando los lineales de los supermercados, lugares en donde yo jamás compraría una botella de vino. Hay excepciones a la regla, claro está, y hay cadenas de supermercados, mención haré como buen ejemplo de ello al Grupo Amara de Guipúzcoa; que han incluído en sus pasillos vinotecas con criterio y buena variedad de referencias. Aunque en la mayor parte de los casos, máxime en aquellos en los que imperan las marcas blancas en detrimento de las marcas, llamemósles, oficiales; ese exceso de producción enfilado sólo hacia la venta pura y dura, provoca además de un déficit de variedad y oferta de los productos , un tirar los precios, claramente emparentado con un punto polémico y debatible sobre la calidad final de producto. Algunos hay que pretenden basar ese menor precio en un ahorro en cuestiones de marketing, cuestión esta que en el caso que me ocupa, el vino; no se corresponde con la realidad y ofende la inteligencia.
Cuando uno conoce como elaboran sus vinos unos y otros, sabe por donde llega la diferencia.
Vinos elaborados como churros y vinos en cuyo proceso de elaboración desde el campo a la bodega, tienen acreditado un mimo, un esfuerzo y unas características que distan mucho de la vulgarización.
Es hora ya de reivindicar ese perfil que hace de algunos vinos un referente, un instrumento hacia la felicidad, un catalizador de ilusiones y sensaciones.
Escuché hace poco a alguien que debatía sobre el valor real de cualquier vino, un precio medio, que creánme, que con mi experiencia adquirida, no existe, ni a Dios gracias existirá. No es lo mismo comer un fuet artesano que uno industrial, el valor del primero reside en el esfuerzo manual, en ese legendario sentido elaborador transmitido por vía inter generacional, en el estricto respeto de los medios usados para llegar al fin. El del segundo, puede ser el precio más bajo, tener más accesibilidad para la mayor parte de la gente, sobre todo en tiempos de vacas flacas, pero lo innegable, lo evidente; es que la calidad siempre prevalecerá sobre los excesos en la producción, en ese peligroso cruce de fronteras, ruptura de un equilibrio que termina hundiendo auténticos iconos legendarios en beneficio de las ambiciones de los miembros del consejo de administración, alejados casi siempre de la realidad y la soledad del enólogo vocacional y profesional.
Ni siquiera me vale ya el argumento de que el mayor precio sugestiona al consumidor que piensa que el vino más caro es el mejor, ni siquiera el considerar una etiqueta más legendaria ó afamada por encima de otras de menor repercusión, ni que algunos me tilden de marquista.
Hay condiciones de localización del viñedo, climatología, selección del fruto y racimo, diversas catas de otras tantas barricas, mimo en la poda, y tantas otras que no tendría espacio para ennumerar, que engrandecen un vino y lo diferencian del resto. En efecto, el vino sabe a vino, pero ni todos los vinos son iguales, ni todos los intereses de quienes los elaboran y comercializan lo son.
Puedo asegurarles que he catado muchos vinos de marca blanca, y salvo en casi nulas excepciones, la mayor parte de ellos no llevan emparentado ese mimo, ese paso adelante hacia una calidad que debiera ser no sólo exigible, sino también valorable a la hora de adquirir una botella de vino.
Empiezo a estar harto de cadenas de supermercados que aplastan la oferta y la variedad con incursiones en marcas blancas, buscando alejar de la demanda del consumidor marcas oficiales. Estoy harto de perfiles de vinos, que amparándose de modo interesado en el calificativo de vino comercial, vulneran por un simple ambicioso interés los cánones de calidad minimamente exigible.
Como todo en este mundo de la oferta y la demanda, todo vale lo que la mayor parte del público esté dispuesto a pagar por ello. ¿Puede costar una botella de vino, tres mil euros?. En efecto, si hay compradores de ese nivel, los vale. Igual que un cuadro de Van Gogh ó un contrato profesional para un crack del mundo del fútbol.
Estoy seguro que incluso a quienes ofenden al mercado lanzando referencias recubiertas por la manta de la marca blanca, muchas veces tirando los precios hasta límites insospechados; les encantaría vender botellas de vino de a doscientos euros la unidad. La cuestión es que ni todo el mundo puede hacerlo, ni todos saben cómo hacerlo.
Desde luego, si unos amigos vienen a cenar a mi casa, jamás les concedería el muy discutible privilegio de adornar sus gaznates con vinos comprados bajo la bandera de la marca blanca, en cualquiera de las cadenas españolas ó internacionales de supermercados repartidas por la geografía de nuestro país. ¿Que quieren?, quiero demasiado a mis amigos, y con lo que sé sobre este mundo a día de hoy, prefiero condecorar sus paladares con un buen vino, en cuya elaboración se hayan tenido en cuenta circunstancias como las arriba mencionadas.
Es hora de premiar la singularidad, el esfuerzo, la investigación, el mimo en la elaboración, el cuidado del viñedo, las buenas artes de la viticultura, el equilibrio, y por supuesto y en segundo término, cuestiones como el diseño, el envoltorio, el corcho (este tema, creánme, no es baladí), la botella, y todos esos gastos que forman parte del mundo del marketing y la publicidad, y que algunos, cometiendo la torpeza del engaño; dicen no aplicar para lograr que el producto final llegue más barato al consumidor. Es curioso que quienes defienden esta desatada teoría del ahorro en costes de promoción, I+D, marketing y publicidad, se procuran esa supuesta inexistente promoción por medio de inteligentes campañas de publicidad indirecta e incluso subliminal, cuestión esta que pasa desapercibida para la mayor parte de los consumidores, que a veces creen a pies juntillas en la existencia del Santo Grial. Nadie da duros a peseta que decía mi abuela, y personalmente he aprendido a huir de quien presume de ofrecer la misma calidad que otros a menores precios. Que mi abuela también afirmaba que no hable con desconocidos, y para mi, ¿que quieren?, esas marcas blancas son a estas alturas, y en lo que al vino respecta, grandes conocidas a ignorar. Todo sea por el bien de mi paladar y el de mis allegados, aunque ello suponga a veces un mal para mis bolsillos. Prefiero beber buen vino, consumir buena calidad, que meter el morro en la charca de la vulgaridad y el todo vale con tal de vender. Aunque para ello tenga que recurrir a la opción de disipar mi hábito de consumo en el tiempo, más por la obligación que marca la crísis, que por devoción.
Vinos los hay a todos los precios y aunque siempre tendemos a exagerar puedo garantizarles que he probado vinos sensacionales de marca oficial por menos de cinco euros la unidad.
Aunque si me preguntan por esos vinos de marca blanca, les confieso sin rubor, que no he sido capaz aún de catar uno sólo por ese mismo precio, que me otorgue una mínima cuota de satisfacción personal.
Huyo de las marcas blancas, como escapo de quien me dice sonriendo que el vino sólo sabe a vino.
No me gustan las verdades de Perogrullo, porque en la mayor parte de los casos y cuando se repiten hasta la saciedad, suelen contener mentiras y torticeros intereses jamás expresados.
Se lo aseguro, tenía que escribirlo, si no lo escribo, reviento.

7 comentarios:

  1. Me sumo al debate: http://bacorro.blogspot.com.es/2014/01/cuanto-cuesta-una-botella-de-vino.html

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  2. Perfecto Bacorro A través del debate se llega a la verdad Un abrazo y gracias

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  3. Lo acabo de leer Básicamente estoy muy de acuerdo en todo lo que dices Yo no tengo problema en catar y escribir de los vinos Carrefour Y si alguno realmente me gusta lo dire Otra cosa es que por lo que digo en mi articulo estoy empezando a valorar muy en serio la singularidad y el esfuerzo ...

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  4. Suscribo lo aqui expuexto en su totalidad.Es una pena que mucha gente ignoren los entresijos que detras del mundo del Vino,como me imagino tambien de otros productos.
    Nos estan,tapando,quitando,el paladar,el olfato,el gusto,con tanta normativa y manipulacion,siempre en pos de la economia o mejor,macroeconomia comercial.
    Ej.Una persona joven(siempre hay excepciones)no come un yogor que haya caducado ayer,aunque este bueno y es capaz de ponerse malo con uno agriado por el motivo que sea si la fecha es correcta.Esto es aplicable los demas productos y por supuesto al Vino.
    A parte de las marcas blancas,que decir del C V C , timo de la estampita de varioas marcas años pasados que multiplicaban ventas amparandose en el credito de ciertas Bodegas y la complacencia de las grandes superficies,entre otras.
    Podria seguir con el tema del vino pero prefiero dejarlo en manos de nuestro amigo Juan que nos deleito con un articulo fenomenal por lo sencilo de entender y por lo cercano que entiende la mayoria.Saludos.

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  5. Gracias por tu comentario Es un placer oír que estas de acuerdo Y si no lo hubieras estado, también Un abrazo Y en efecto lo del CVC también es una gran ...pues eso

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  6. Gracias Juan por defender a los que hacemos vino por pasion y ganas! Tantas veces se menosprecia el valor que tienen muchos vinos... Lo dicho MERCI beaucoup!

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