sábado, 18 de enero de 2014

Vino y Gastronomía : Bodegas Garmendia Crianza 2007 en Restaurante De Santa Rosalía Bilbao.





Todos los días no se saborea un steak tartare de solomillo de wagyu, trazado con tanta precisión, como el que pude degustar esta pasada semana en el Restaurante De Santa Rosalía, localizado en pleno centro de Bilbao. Con el pequeño huevo de ave escalfado y situado en lo alto del tronco de la carne, con la escolta de unas piezas de chiles jalapeños bien encurtidos con un punto de acidez y un picante de esos que se despliegan en boca de menos a más, con la auxiliadora compañía de unas rebanadas de pan ligeramente untadas en buen aceite de oliva, con una pizca de brotes vegetales que conceden el aroma y sabor justos y contenidos, y sobre todo con ese sabor entre sanguíneo y refinado de la wagyu, tierna y jugosa como pocas y con el intenso marmoleado que le da fama.
Un buen homenaje al legendario pasado de esta creación culinaria, sobre la que versó Marco Polo en su Libro de Viajes, y sobre el que el ingeniero y cartógrafo galo Guillaume Levasseur versó maravillas, tras una de sus incursiones profesionales en la Ucrania de los cosacos de Zaporozhia.
Tampoco Julio Verne quiso dejarla sin presencia en su obra literaria, de tal modo que en Miguel Strogoff tiene su mención particular.
Una buena elección, en un restaurante situado junto a la Gran Vía bilbaina, cuya carta está basada en productos de calidad, naturales, y en donde junto a una amplia presencia y oferta de carne de Kobe, que surge de animales criados con mimo y cumpliendo las exigencias requeridas en la finca que los propietarios del restaurante poseen en el municipio burgalés de Vizmalo.
Para acompañar el delicioso emplatado cárnico, me aconsejaron un crianza en edición de añada 2007, procedente de la bodega Garmendía, también propiedad del mismo grupo empresarial, Altube Garmendia.
Tempranillo y garnacha, con un periodo de maduración que oscila entre doce y dieciocho meses en barricas de madera de roble francés y americano.
Color apicotado con reflejos grana, nariz que aporta sensaciones de fruta roja madura, con motivos especiados y lácticos, nota final que exhibe recuerdos balsámicos muy ligeros.
Creo que en la sensación aromática hay un tono subido en cuanto a la percepción de la influencia de la madera, aunque no exagerado, sí considero que podría pedirse un mayor equilibrio.
La boca es elegante en el inicio, con el dulzor de la fruta y un punto de confitura bien desplegado, acidez en seña de intensidad media, taninos golosos y pulidos, con la persistencia de media longitud, esbozando en la retronasal recuerdos de ciruelas rojas, vainilla, un punto de cremosidad, influencia de la madera; tostados y torrefactos, final con punto de cuero animal no demasiado marcado.
Lo considero un vino correcto, con un paso fácil, que busca la fruta, a ratos escondida tras la madera, aunque en su conjunto puedo catalogarlo como recomendable, siempre pidiendo, probaré nuevas añadas; un escalón más de equilibrio.
Con el steak tartare, casó de maravilla.
Y aunque sea nadar contra la corriente del grupo propietario del establecimiento, y como consejo personal y sincero; creo que no estaría de más incluir alguna referencia más, aparte de las de Bodegas Garmendia, en su carta de vinos.
Ya se sabe, en la variedad, está el gusto. Ello no sólo no desacredita a Bodegas Garmendia, sino que las sitúa en un punto interesante dentro del cuadro general de cuantos vinos existen en el mercado.
En todo caso, repetiré visita.

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