martes, 7 de enero de 2014

Un ejemplo a seguir.


¿Qué quieren que les diga?. Hay chavales a los que sólo con observarles durante un breve espacio de tiempo, transmiten ese ángel embriagador con aroma de triunfo, ese donaire que, sin abandonar la grandeza de los recursos infantiles; nos acercan a la madurez, a la férrea responsabilidad que se le presupone a un profesional curtido en mil batallas.
Hablo de Mario Palacios, un niño lleno de luz, no sólo por el saber estar y la buena educación, sino también por el remango y el mimo que demostró delante de fogones y cámaras. Riojano sin vuelta, amable y elegante en sus maneras, ha logrado ser investido como primer masterchef infantil español, gracias sin duda a su afán y progresión, en un concurso que sirve de ejemplo a seguir, para quienes de un modo u otro creemos que en esto de la cultura gastronómica en general, es necesaria la transmisión inter generacional, pasando el testigo en una carrera culinaria y cultural de relevos, en donde la meta se encuentra localizada en la eternidad.
Viendo los programas del Masterchef infantil, me llegaron las ideas.
Y haciendo un paralelismo con el vino, creo que sería oportuno e interesante, propiciar talleres de cata y cultura vitivinícola, que acerquen esta cultura a nuestras jovenes generaciones.
Eliminar ese tabú inconsistente que aleja de un modo obsesivo el vino de nuestros hijos. Talleres en donde se enseñen las virtudes sensoriales que una copa de vino puede conceder a los más jovenes de la casa, enseñándoles a qué huele un vino, como se elabora, que varietales existen en el mundo, desde donde surge la uva y hasta donde llega, como se distinguen entre sí, que amplio espectro de testigos aromáticos pueden aventurarse, qué es un tanino, y que se esconde detrás de algo tan maravilloso como es una botella de buen vino.
Aprender a comer de un modo saludable es virtud, pero hacer lo mismo con el vino, alimento sin duda; es asegurar el futuro de esta cultura que algunos tanto estimamos y defendemos como propia.
Mario Palacios es un cocinero con futuro, lo ha demostrado con creces. Sus elaboraciones, prodigio de cocochas con su ajo y guindilla; fueron dignas de todo un profesional, incluso con más galones que muchas de los chef aparecidos en otros concursos de cocina televisivos recientes, con más edad y supuestas tablas que el joven logroñés.
Fomentar la cultura gastronómica y vitivinícola entre nuestros infantes es asegurar el futuro, inculcando valores y virtudes, y alejando defectos y posibles vicios.
Tras comprobar la emoción, la pasión y la efusión con la que chavales como Mario, Juan, Ana Luna, Aimar, Esther ó el resto de concursantes de esta edición de Masterchef junior se entregaban al complejo arte de la cocina, se pone en fuga la versión esa de que los motivos por los que nuestros jovenes no se enganchan a la cultura del vino, guarda estrecha relación con los sustos que les damos quienes catamos y escribimos, ó sobre el mayor atractivo que la cerveza fresquita tiene sobre sus mentes. Siempre el eterno recurso victimista del incapaz.
Mi planteamiento, antes y después de aplaudir las cocochas de Mario y las codornices de Esther, es el mismo : la gente más joven lee si contempla hábitos de lectura en sus mayores, la gente joven consume vino de un modo responsable y razonable cuando ve que sus mayores también lo hacen de ese modo. Alejar las falsedades que identifican el vino como un arma arrojadiza contra la salud, colocarlo en su justa medida de alimento, instaurarlo como presente en nuestras mesas de comida y cena del hogar a diario, y sobre todo alimentar la curiosidad y la buena educación de nuestros infantes y adolescentes hacia esta cultura bendita, son nuestras asignaturas pendientes.
A título personal, me he asegurado de que mis dos hijos, de diecisiete y once años, aprecien el vino con una visión responsable y placentera. De momento, me siento orgulloso de estar obteniendo los frutos deseados.
El Masterchef español ha sido un ejemplo a seguir, no sólo por el fondo del programa, sino también por las brillantes formas con las que sus tres directores de escena, Pepe Rodríguez, Samantha Vallejo-Nágera y Jordi Cruz; han sabido tratar a los chavales, demostrando que además de buenos cocineros, son magníficos educadores y divulgadores.
Un ejemplo a seguir, que espero no caiga en saco roto, y nos sirva a todos para comprender de una vez que, para que una cultura tenga continuidad hay que saber amarla, transmitirla, divulgarla y protegerla. Porque la cultura del vino no nos pertenece. Es un legado que nos pasaron nuestros padres y abuelos, igual que a ellos se la transmitieron sus antepasados, y que nosotros debemos conservar y traspasar.
El escritor mejicano Alfonso Reyes Ochoa afirmó "el fin de la creación literaria es iluminar el corazón de los hombres, en aquello que tienen de meramente humano". Tomando prestada la frase del autor de Mallarmé entre nosotros, y cambiando literatura por gastronomía y vino, coincido plenamente en la aseveración.
Ese anhelo, ese iluminar corazón y semblante, es justamente lo que todos los chavales de esta edición de Masterchef han transmitido al otro lado de nuestras televisiones. ¿Puede haber algo más gratificante que ver disfrutar a un niño, mientras aprende?.
Mi más sincera y apasionada enhorabuena a Mario Palacios, a todos y cada uno de sus compañeros de aventuras gastronómicas, y por supuesto a todo el equipo de este programa, que en verdad, ha sido un lujo seguir, semana tras semana.
Por favor, que cunda el ejemplo...

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