jueves, 31 de octubre de 2013

Armonías : Lentejas Ecológicas Picuezo y Ostatu Laderas del Portillo 2008.





¿Se acuerdan ustedes de las lentejas de su abuela ó de su señora madre?. 
Pues mire usted por donde, querido lector; estas lentejas ecológicas de la empresa Picuezo, localizada en el municipio de Autol; reúnen la modernidad conceptual del ecológico, y plasmadas en un plato resultan tan tradicionales como recomendables.
Quiero agradecer a las dos familias de esta armonía de hoy, su colaboración desinteresada con mi proyecto de divulgación de la cultura vitivinícola y gastronómica, mediante el envio de muestras. Picuezo y Ostatu son dos valuartes familiares, de esos que ya casi no quedan, y que merecen un aplauso, ya sólo por permanecer al frente de la cultura culinaria riojana, generación tras generación.
He preparado estas lentejas pardinas, en otros tiempos denominadas carne de los pobres; que en nuestro pais tienen especial relevancia de cultivo en Tierra de Campos, los Páramos de Torozos y la leonesa zona de Los Oteros. De ser un alimento que durante un tiempo parecía condenado a servir para gente sin recuersos, la lenteja, y en concreto esta modalidad; se ha convertido en una legumbre sabrosa, recurrente, capaz de propiciar competiciones vecinales para ver quien las elabora de mejor forma, incluso de crear iconos con nombres propios de cocineros inspirados por la musa de turno, que acompañan al término lenteja. Y las he preparado, decía; con una base de calabacín, pimiento, cebolleta y ajo, bailando juntos todos ellos en aceite de oliva vírgen, hasta alcanzar este esplendor estético y de textura que les hace adquirir un punto cromático dorado. Después he derramado el contenido del bote que Picuezo presenta en el interior de la cazuela, dejando que comience a hervir, previa suma de un caldo vegetal. A continuación, y en plena ebullición he metido el chorizo, uno riojano y suavemente picante, nacido en la localidad de Baños.
Incluso me he atrevido, salpimentado inevitable; a sumar al conjunto una leve pizca de Pimentón de La Vera, no mucho porque el chorizo ya lo lleva; pero sí la nota necesaria para facilitarle un sabroso tono.
El resultado es magnífico, son lentejas naturales, agua y sal; una conserva de legumbre ecológica que directamente nos lleva, como decía en la primera linea de esta entrada; a las lentejas de toda la vida, aquellas que en nuestras casas comiamos de niños, cuando las abuelas y las madres no trabajaban y sabían algo de fogones. A mi, al menos; me ha traído añoranzas, y les puedo asegurar que nada tienen que envidiar a las lentejas que llegan a casa para tener que cocer durante dos horas, tras mantener en remojo la noche anterior. Estoy seguro que en una cata ciega nadie las distinguiría. Yo, que llevo toda la vida comiendo lentejas fruto de horas de trabajo en los fogones, les aseguro que no lo haría.
Una lenteja, si la prueban me dirán; que da una muestra evidente de harinosa esencia, de cremosidad, de buena textura y sabor. Sabe a lenteja, lo cuál, y habida cuenta de lo que a veces aparece por el mercado, ya es mucho decir.
Es campesina, rural, pero elegante y con la textura justa, adecuada, con la base de un cocido, pero sin aditivos de ninguna clase. Llena la boca de untuosidad, se paladea.
Picuezo las presenta en este concepto ecológico, para llegar al hogar del consumidor, con todos los criterios de calidad, plenitud, textura y sabor.
Para armonizar un buen plato de lentejas nada como un vino tinto joven, aunque también un crianza ó un vino genérico con doce ó catorce meses de maduración en barrica puede resultar idóneo.
Este Laderas del Portillo en edición de añada 2008, vino en cuya base varietal hay un especial protagonismo para la casta tempranillo, con un leve toque de viura, elemento este muy en clave de tradición Rioja; ha armonizado de mil amores con este plato de legumbre.
Tiene trece meses de crianza en barricas de madera de roble francés, haciendo la maloláctica con seis tipos diferentes de tonelerías. Los frutos proceden de una parcela denominada El Portillo, situada a una altitud de seiscientos veinte metros, con terrenos de composición arcillo calcárea, y en capas inferiores roca blanca.
En copa parada muestra un color rojo apicotado con reflejos grana y violáceos, tiene una nariz que envía recuerdos de fruta negra y roja maduras, suave sazón, con algunas puntas balsámicas y un final en donde se aprecia un sugerente mineralidad.
La boca tiene una buena entrada de dulzor, potencia y una linea media alta de acidez que se despliega con finura, hay lozanía en el recorrido, muy franco en cuanto a expresión varietal, con los taninos golosos y aún evidenciando una leve necesidad de pulido, tiempo habrá.
Es voluminoso, con buena ducha de fruta en su contacto con el paladar, muy buena seña de persistencia. Retronasal que abunda en ciruelas rojas, cerezas y moras, algo de regaliz y lácticos, cacao y en el final nota de salinidad y roca húmeda.
Un vino amplio, gustoso, que progresará más con una guarda responsable en botella.
A día de hoy, lo califico entre recomendable y muy recomendable.
La esencia de la armonía es el equilibrio de las proporciones entre las distintas partes de un todo.
Jean Philippe Rameau, el compositor musical de Dijon, padre de las teorías sobre la armonía musical; hubiera gozado con esta que hoy he traido a colación. Desde luego, la recomiendo.
Con lentejas y vino, también se hace el camino.
Picuezo y Ostatu...qué grandes !.


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