miércoles, 25 de septiembre de 2013

Torre de Oña 2008.


Un vino como Torre de Oña en esta edición de añada 2008, catado en plena sede de Bodegas La Rioja Alta, me ha aportado la seguridad de estar ante un proyecto serio de vitivinicultura, esmerado en llegar a un público exigente, entre el que me encuentro; que sabe distinguir de entre todas las referencias de una bodega, aquellas que son capaces de enamorar, de llegar hasta la profundidad misma de quienes nos consideramos unos amantes de los vinos de Rioja, no de los de siempre, término este que me pone muy nervioso y que algún día de estos me servirá para llenar un artículo más de opinión en este blog.
La Rioja de siempre es un concepto tramposo que algunos utilizan en propio beneficio y como escudo al demérito, porque un Rioja no siempre ha sido igual, ni lo será. La Rioja, como cualquier zona elaboradora y productora, ha cambiado por el inevitable devenir de los hechos que la han rodeado desde que el vino es vino.
Y este Torre de Oña 2008 me da la razón. Es un vino cómodo, potente, intenso, lleno de viveza y nervio, con una estructura estupenda, bien pulido, buena estética, que homenajea a dos variedades muy riojanas como son la tempranillo y la mazuelo, pero que sobre todo resulta fresco en su carácter frutal, con la madera en segunda línea, presente pero muy contenida.
Vendimia, despalillado y estrujado, encube en depósitos durante cuatro días con control de temperatura, maceración prefermentativa en frío, con posterior fermentado alcohólico, y siguiente maloláctica del cincuenta por ciento del coupage durante un periodo de cincuenta y ocho días en barricas nuevas de roble francés y americano, procediendo durante esta operación a un battonage semanal. El cincuenta por ciento restante en depósitos con movimiento quincenal de lías.
Madurado de veinte meses en barricas de madera de roble francés, al setenta por ciento; caucásico al veinte por ciento, y americano en el diez por ciento restante, con tres trasiegos de barrica a barrica.
Y cuando lo cato, lo disfruto. Ya está bien de usar conceptos como ¨modernidad". Este es un vino impactante, muy riojano, pero el concepto modernista lo pueden usar algunos para definir el Floreale, a Enric Sagnier, Santiago Rusiñol ó a Rubén Darío, desde luego y a mi modesto entender, nunca para definir a un magnífico vino de Rioja.
Las parcelas Altos de Vallecilla, Calvo, Martelo y Berzal, madres de este gran vino en gran añada.
En copa parada muestra un color rojo con reflejos purpúreos y grana, buena densidad óptica, limpio y brillante. La nariz me envía recuerdos de fruta roja y negra maduras, con especiados en segunda fila, y un sabroso tono balsámico. Hay cierta nota licorosa, no demasiado marcada.
La boca es imponente, profunda, prolongada y potente. Entrada con la fruta marcando un sugestivo dulzor, buena frescura gracias a una buena línea de acidez, bien integrada, los taninos aparecen amplios en principio pero la golmajera personalidad de los mismos y una fina sensación invade la boca. En cuanto a tanicidad uno de los más notables vinos que he catado en los últimos meses.
Muy buena traza de persistencia, aporta sensación de volumen, es rico y pulposo.
Un canto a la fruta de viñedo, que se refleja en la retronasal, con sensaciones de ciruelas rojas, cerezas y arándanos, vainillas suaves, alguna nota tostada, lácticos y balsámicos, cierta huella final de salinidad, y un final prolongado que llena la boca, y los sentidos.
Es Rioja, la de ayer, hoy y siempre. Autenticidad y personalidad.
Lo califico en esta añada 2008 entre muy recomendable y más que muy recomendable.

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