miércoles, 4 de septiembre de 2013

De cubitos y protozoos...


Me dicen que los cubitos de hielo en el vino blanco son la última tendencia fashion de ese grupo polifacético de ilusionistas de la moda que pululan por calles, tabernas y barras del país, anunciando voz en alto sus manías a la cultura vitivinícola, que otros tanto procuramos defender.
Muchos son periodistas aclamados por la masa, otros guionistas de culebrones e incluso los hay cantantes y psycho foodies que pretenden y a veces consiguen enebrar la aguja en las mentes del consumidor marcando tendencias estrafalarias que poco tienen que ver con la cultura gastronómica y vinícola. Lo de los cubitos de hielo en el vino blanco logra convencerme de que soy un purista. No fanático, si purista. No alcanzo a entender a esta legión de marcadores de tendencias, pero aún menos comprendo a personas que desde dentro del universo de la cultura del vino se muestran comprensivos con tan malas artes.
Me gustaría saber la opinión de Régis Surrel, Pierre Vincent, Patrick Piuze ó nuestra María José López de Heredia sobre esto de refrescar el vino blanco en verano con gélidos cubitos de hielo. Gente que se esfuerza, que defiende y que protege este mundo con su trabajo diario, que vive el viñedo como una religión y sus cepas como si fueran hijas intergeneracionales, que a buen seguro se hará cruces cuando escuchen como cualquier protozoo pseudo cultural busca mitigar sus complejos respecto al vino, manchando el honor de este, con triste agua congelada.
Mi purismo no es tal. Tampoco es fanatismo. Es pasión, y quien confunde esta con aquellos, ó es bobo ó insensible. El límite entre pasión y fanatismo reside en la pincelada de amor de la primera y la tonelada de ira contenida ó no tanto del segundo. Igualmente el purismo irracional es fanático, el racional no lo es.
Detrás de un vino hay pasión y amor, y por ello no es preciso mezclarlo para que hable y exprese, ni siquiera para que refresque. Un buen vino blanco a una temperatura apropiada para el verano tiene suficiente historia y personalidad como para refrescar hasta el más insensible de los humanos.
Me niego a tolerar que alguién en mi presencia cometa la torpeza de añadir cubitos a una virginal copa de vino blanco y desde luego si lo hace recibirá por mi parte una sonora amonestación, la que proviene de la pasión, no del purismo.
Estoy seguro de que esta maravillosa cultura a defender y proteger, me lo agradecerá.
In Vino Veritas, más que suficiente.

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