viernes, 27 de septiembre de 2013

Corquetes a la obra, comienza la vendimia...



Hebras de castaño que dan entidad a los cestos de recogida, aromas al viento presagiando que la vendimia ha empezado ó en algunos casos está al caer, emoción en las apuestas que algunos hacemos, mientras se afinan los corquetes, esas cuchillas afiladas que sirven para degollar el extremo mismo del raspón.
Epoca de vendimia, que para mi, por tradición y apego, significa Rioja, una denominación querida, admirada y profundamente respetada, como sus viticultores, hombres de campo, cuya abnegada dedicación nos facilita añada tras añada, una suerte magistral de uvas, frutos con los que se elaboran vinos fantásticos, plenos de encanto, fascinantes por lo que llevan detrás, al frente y en su condición de herederos alimentarios de un pasado, un presente y un futuro.
Hace poco le decía a un amigo que mi gran duelo personal por no poder optar a la inmortalidad consiste en saber que jamás podré constatar en qué estado se conservará dentro de setenta años un vino de Rioja, de por ejemplo, la añada 2010. Un Reserva parlanchín, un aristocrático gran reserva, una joya magnificada con frutos de las tres Riojas geográficas, un vino en fin, esculpido bajo la batuta de cualquiera de los grandes enólogos y viticultores que tenemos presentes en suelo riojano, un vino elaborado con vocación de envejecer y colmar de gozo a futuras generaciones vinosas. De abuelos a padres, de padres a hijos, de hijos a nietos y de estos a biznietos, esa es parte de la grandeza de esta cultura vitivinícola, admirada, respetada y protegida por quienes la hemos mamado desde siempre, aquí en territorio de vendimias, en nuestra querida Rioja.
Desde Villalba a la Sonsierra, desde Yerga a las faldas mismas del Toloño, pasando por suelos de Lanciego, Laguardia, Tudelilla, Baños, Laserna, Sajazarra, Ollauri, Haro, Anguciana ó Cuzcurrita, pedanías de ayer y hoy, suelos pluriformes, gentes que quedaron en el recuerdo, hombres, mujeres y niños que vieron y aprendieron del trabajo; el aroma de la vendimia, un año más empieza a impregnar el ambiente, llenando de pasión a algunos, de fructuosa dedicación y esfuerzo a otros, y para todos de una ilusión compartida que emerge desde esa botella que uno guarda en su vinoteca particular para ser compartida en una ocasión especial, desde esa a veces incomprendida, no por ello menos valorada; maceración carbónica, de esos eventos rurales que traspasan el glamour de puntuaciones y listas basadas en un mero mercantilismo. La vendimia es el santo y seña de esta cultura, que algunos defendemos como una de las bases de la historia de nuestra civilización, que en la carta de población de Longares de 1.063 ya figuraba como parte de la viticultura riojana, que el muy riojano Gonzalo de Berceo ya estimó en sus versos, que todos y cada uno de nosotros hemos apreciado en nuestras estancias en suelo de Rioja en alguna ocasión.
Porque nosotros pasamos, pero el vino queda. Queda la viña, esa finca apreciada, ese caminar entre cepas catando la uva, esa guarda con desvelo para evitar a corzos y jabatos, queda el arte del viñedo y la bodega. Queda el poso del vino y el peso del madrugón, las idas y venidas al campo y a bodega, para vigilar, los insomnios inconfesos pensando en azúcares y madurez, en tormentas que pasaron de largo y en otras canallas que nos tiraron el fruto al duro suelo de la realidad.
Cuando he tenido el placer de catar un vino de antigua añada, siempre he pensado en aquellas gentes, las que en aquel pasado voluntarioso y perdido en el tiempo, dieron sudor y trabajo, para que yo, ahora, pueda catar y apreciar ese esfuerzo, aún y con el paso de tantos años como racimos corta un corquete en varias vendimias consecutivas. Sea un vino joven, una maceración, un blanco de viura y malvasía, un tempranillo enamorado de la mazuelo, la graciano y la garnacha, sea lo que deba ser, pero siempre con el sello de la eterna Rioja.
Esa parte de la vendimia, esa eterna parcela inmortal, esas vides centenarias, y ese camino recorrido es lo que hace del vino y su cultura, un tesoro inmemorial, un legado brillante que traspasar a nuestros hijos y nietos, para que nunca olviden que Rioja es algo más que un nombre.
Suerte para todos y Viva la Uva y el Vino...pero sobre todo vivan las gentes que gozan y sufren la vendimia de Rioja como parte vital de su existencia.
Corquetes a la obra, y excelente vendimia para todos.

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