miércoles, 28 de agosto de 2013

Al menos para mi, no todo vale.


Aún a sabiendas de que me pongo enfrente de algunos que hacen su máxima de la sentencia "todo vale con tal de hollar la cima", defendiendo que se trata de vender para cuadrar resultados en el balance, aún a sabiendas de que para muchos hay que defender la libertad de gustos y criterios por encima de un relamido purismo, aún y con todo eso en mi contra, soy de los que piensan que el esfuerzo da mejores resultados que los atajos socorridos.
El esfuerzo en el mundo de la cultura vitivinícola y en lo que a la supervivencia de esta se trata, se basa en intentar inculcar a la gente más joven en edad de consumo, que el vino es un placer, una sensación, un foco de experiencias e ilusiones. El atajo socorrido es ensalzar el consumo de bebidas tipo kalimotxo, vinos azules y anaranjados, para según ellos acercar el vino a la juventud.
Yo soy de los que creo que el mundo de la cultura vitivinícola tiene brillo más que suficiente para atraer a cualquiera, tenga la edad que tenga. Me enorgullezco, como varias generaciones anteriores e inmediatamente posteriores a la mía, justo antes del corte; de haberme acercado al vino desde muy temprana edad. Cierto es que en mi casa, tal y como maneja Ezequiel García y en un encuentro posterior al del veterano elaborador, Gonzalo Saénz de Samaniego, enólogo en Ostatu; siempre había en las comidas y cenas de diario y fin de semana, presente sobre la mesa; una botella de vino.
Que mis predecesores, tanto abuelos como padres, sentian una serena predilección por el vino y por la cultura que encierra, y que ellos me inculcaron el respeto y la pasión que hoy en día sigo sintiendo, tal vez, incluso; acrecentados.
Esa presencia hogareña y el no haber considerado tabú en ningún momento a mi amiga la copa de vino, me han facilitado con los años el acceso venturoso a un mundo, que intento hoy en día trasladar a mis hijos, dejando que acerquen la copa a su nariz, e incluso con respecto al mayor de ellos, dejando que prueben este y aquel vino, esta y aquella varietal, ó esta y aquella bodega y denominación. El vino es un alimento, disfrutado claro está, con dos dedos de frente. Algo que sobraría añadir si algunos irresponsables no hubieran tenido la mala idea de hablar de él, como si fuera una droga. Ya se ha reconocido por parte de ilustres miembros de la medicina y la ciencia, que una copa de vino al día no sólo no perjudica, sino que es beneficiosa para el organismo y la salud.
El atajo que algunos pretenden tomar para atraer a la juventud hacia el consumo de vino, se basa en mezclarlo, prostituir su alma y esencia, buscando un mayor consumo, en el caso del kalimotxo, y un mayor índice de ventas anuales en bodega, en el caso de vinos tapadera, de extraños colores y dudosas azucaradas elaboraciones.
No tengo nada personal contra el kalimotxo, bebida que algún hortera crítico norteamericano subió hace poco a los altares del esnobismo fantoche. Incluso una buena amiga mía de las redes sociales me escribió el otro día un twit, en el que reconocía haber llegado al vino a través de su juvenil consumo de esta mezcla. Aunque sólo fuera un caso aislado, esta reconversión honra al kalimotxo.
Sin embargo creo que la mezcla desvirtúa el original, máxime cuando estamos hablando de dos productos contradictorios, por un lado el noble vino, por otro un brebaje azucarado con gas, primo lejano de la soda, al que hasta las moscas se pegan en verano.
Sí tengo algo contra esas bebidas que algunos denominan vino y que armadas de extraños colores y dotadas de un indisumulable tono azucarado, algunas bodegas intentan introducir en el mercado, alegando aquello del atractivo que producen en la juventud. Conocí algunas de ellas durante mi visita a Vinexpo 2013. Por supuesto, ni las mencionaré en mi blog.
Entiendo la preocupación de las bodegas viendo como la juventud española se aleja cada vez más del vino, cuando en otras épocas muchos chavales como el que esto escribe, sabiamos diferenciar un cubillo de un biñaka, ó un Viña Arana de un Bosconia. Podías beber cerveza, pero en caso alguno teniamos al vino encajonado y con cinturón de castidad.
Entiendo que esa preocupación y el hecho evidente de que al final una bodega es una empresa, obligada a vender y a cuadrar sus resultados contables en el balance anual, pueden llevar a elegir el camino más fácil. Pero también quiero que sean conscientes de que ese atajo da resultado a corto plazo, pero a la larga puede hundir esta fantástica fiesta, que se llama cultura vitivinícola.
Al menos para mi, no todo vale para cuadrar objetivos.
El esfuerzo siempre da mejores resultados que la vía cómoda.
Y como en todos los campos de la vida, la formación de nuestros hijos en la cultura del vino y en la gastronómica, es forjar el futuro, inyectarles el conocimiento para que cuando lleguen a nuestra edad, no hayan perdido el tiempo.
Quienes consideramos este mundo una pasión, un fascinante tesoro de la humanidad, creemos que ese esfuerzo educativo, merece la pena. Los atajos son para cobardes.


2 comentarios:

  1. Una reflexión compartida en su totalidad, el afán de acercar el mundo del vino a los más jóvenes debe llegar desde el conocimiento y no desde la confusión de un producto que lo entiendo más como un combinado y por lo tanto pertenece a otro segmento. Me gustaría añadir que es del todo infumable como ciertos productos se publicitan como “tinto de verano” y son bebidas insufribles cargadas de tufos que tampoco favorecen mucho la imagen de lo que verdaderamente serian los “tintos” que podríamos consumir en verano.

    Un saludo y sigue con tus catas.

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  2. Gracias amigo Seguir...catar y escribir Un placer

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