domingo, 12 de mayo de 2013

Llega el calor, a mi los Cosacos del Don...


Leí hace ya algún tiempo en la revista Vinos y Restaurantes un buen artículo, algo por otro lado habitual en él; de Miquel Sen, en el que desgranaba el significado mismo de la expresión "Beber como un cosaco", sacando a colación a los cosacos que llegaron a París tras la derrota de Napoleón. Como decía Sen en su artículo aquellos rudos soldados del Zar descorchaban las botellas de champaña pasando sus sables por el cuello de la botella y acostumbraban a beber, según cuantan algunas crónicas, como si fuera el último día de sus vidas, para celebrarlo.
Comienzo así este artículo preocupado por la manía tan exquisitamente correcta que tienen los gobiernos, que lo mismo da que sean de derechas ó de izquierdas; de atizarnos con lo del consumo moderado de alcohol. Emborracharse con vino es algo así como comer seis docenas de ostras sólo por el placer de reventar. El consumo responsable de cualquier alimento, y el vino lo es; va con la naturaleza misma del hombre, y hasta diría que del buen gusto personal de cada humano que haga de la razón y la lógica su modus operandi y vivendi. No me canso de repetir que habría que enseñar a las nuevas generaciones en los hogares y colegios que el vino es parte de nuestra cultura y por ello un tesoro a compartir, proteger y consumir. Mientras algunas campañas nos dicen en plan paternalista que "el tiempo que dedicas al alcohol, se lo quitas al resto de cosas", no nos dicen que beber una copa ó dos, de vino al día es tan sano como consumir dos piezas de fruta ó limpiarse los dientes después de comer. No es comprensible que en un país como España los sucesivos gobiernos centrales no dediquen más esfuerzos en potenciar lo que ellos definen como consumo responsable de vino. El vino, señores míos, es una parte de nuestra historia, y un sector que en el presente da muchos puestos de trabajo, a la par que múltiples satisfacciones.
Los ciudadanos de a píe no somos cosacos del Don, ni siquiera, como bien decía Miquel Sen en el mencionado artículo; vamos a París galopando al grito de "A Very"!, ni siquiera imitamos a Balzac que de aperitivo y acompañando al foie terminaba con cuatro botellas de vino blanco.
Los españoles con dos dedos de frente no abusamos del alcohol, porque entre otras cosas sabemos que para disfrutar de los alimentos no es bueno cruzar el límite que imponen las racionales cantidades. El vino es más nuestro que la cerveza, de eso no hay duda, y sin embargo llega el verano y aquí y allá, que nada tiene que ver con el calor; nos da por atiborrarnos de cañas y cortos. ¿Donde quedan nuestro cava, nuestros albariños, nuestros monovarietales de viura, nuestros txakolís, ó esos sabrosos finos de Jerez? ¿Donde aparcamos la gran y grata colección de rosados con los que cuenta la geografía vinícola española?.
Triste es que la juventud actual, en gran mayoría, prefiera infectas mezclas de infectos nombres antes que una copa de cava ó un rosado de garnacha.
Los cosacos jamás se hubieran tomado uno de esos brebajes que pululan en la actualidad por la noche española. Entre todos tenemos que hacer un esfuerzo para que nuestros jovenes aprendan, primero lo que es bueno; y después a defender lo nuestro, ese tesoro que representa la cultura vitivinícola. Además de afrontar sus salidas nocturnas con un consumo moderado de opciones que no estén reñidas con el mal gusto. Cerveza y vino no son incompatibles, hagan la prueba, me lo agradecerán.
Y este verano, cuando vayamos a la playa, por favor, pidan un vino. Ya verán como no pasa algo tan raro como para no hacerlo. Los cosacos lo hubieran hecho, no tengo duda de ello.

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