sábado, 30 de marzo de 2013

Léon Beyer Riesling Vendanges Tardives 1988.


Cuando uno descorcha una botella de vino elaborado a partir de una base varietal de riesling, que proviene de una cosecha lejana en el tiempo, como en este caso la perteneciente a 1988, se ampara en la sospecha de que encontrará un tesoro, uno de esos vinos blancos que envuelven nariz y boca con una certera complejidad y un punto de fruta que no se olvida, que sigue manteniendo una vital firmeza y un fresco aire de acidez capaz de activar la salivación y llevarte cerca, al menos; del Edén vinoso.
Léon Beyer no es un dominio cualquiera y lo demuestra con una espléndida elegancia en sus vinos, que suelen ser rotundos y llenos de un sugestivo punto de mineralidad.
Algo así me ocurrió con este riesling de vendanges tardives, que en copa parada esgrimió un color amarillo dorado intenso, limpio. Nariz que comienza con recuerdos ahumados, melosos y con una frutosidad que camina a medias entre la piña, el limón y el membrillo. Buena integridad aromática. Elegante, sublime diría yo.
La boca supera incluso a la emblemática vía nasal, mostrando un magnífico equilibrio, con el dulzor y la acidez bailando un bello vals en todos los rincones de la boca, dando un paso de buena untuosidad, con ese punto de fondo cítrico que le da rotundidad al vino, y con un buen punto de volumen.
La boca agradece el avance y retorno, con una buena seña de persistencia.
Retronasal amplia en sensaciones, tonos ahumados, con la fruta melosa acariciando, con piña, melocotón y puntos almibarados y florales que matizan la entereza de la riesling, a la par que identifican la franqueza de la elaboración.
Un vino que en clave tesoro es apto sólo para ocasiones muy especiales, para degustar copa a copa, y aunque pueda parecer una osadía, incluso para beber sin compañía de sólido alguno.
Lo califico en esta añada 1988, entre muy recomendable y más que muy recomendable.

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