jueves, 19 de abril de 2012

Domaine de la Vougeraie Le Clos Blanc de Vougeot 1er Cru Monopole 2002.


Aunque estamos delante de un dominio nacido en el año mil novecientos noventa y nueve, lo cierto es que la familia Boisset llevaba años adquiriendo parcelas, con el afán de construir un dominio vinícola propio, del que poder sacar buen rendimiento. De hecho, en el año mil novecientos sesenta y cuatro, ya se hicieron con las primeras viñas en la finca Evocelles. Jean Claude Boisset fue el iniciador del negocio familiar, y hoy en día, sus hijos Jean Charles y Nathalie se preocupan con esmero en que Domaine de la Vougeraie vuele alto en cuanto a la condición de los vinos que salen de su bodega. Pierre Vincent dirige con paso firme la inevitable conexión entre el terroir y la bodega, facultando con su trabajo que las cosas salgan a pedir de boca. Un buen equipo para elaborar buenos vinos borgoñones.
Este monovarietal de chardonnay surge tras una cuidadosa vendimia manual, con un suave prensado cuando la fruta llega a la bodega, a baja presión durante tres horas. Reposo del mosto en depósitos de acero inoxidable, durante un tiempo que depende de la añada, y que oscila entre doce y veinticuatro horas. Fermentación en madera durante un periodo mínimo de un mes, con control de temperatura. Maloláctica posterior, con battonage sobre lías cuya regularidad va también en función de las características propias de cada añada. Crianza en madera, que suele ajustarse a un periodo de doce meses.
Le Clos de Vougeot  Blanc es un viñedo mítico, pura historia del vino de Borgoña. Los legendarios monjes del Císter plantaron sus propías viñas hace ya nueve siglos, con el objetivo de producir su vino de misa. Propiedad indivisa, esta finca de Borgoña, produce vinos blancos chardonnay de gran integridad y pureza, y es la familia Boisset quién la administra en la actualidad. De todas las viñas plantadas, un noventa y cinco por ciento son de la varietal chardonnay, dejando el cinco por ciento restante para cepas de pinot gris y pinot blanc. Se utiliza arado mediante caballos para respetar las condiciones de la biodinámica, que fueron aprobadas en el año 2001. De ese modo Le Grand Carré de la Vigne Blanche y Le Haut de la Vigne Blanche, ambas parcelas con exposición este; contribuyen con sus condiciones y su orografía a la consecución de grandes vinos, como el presente.
Catar este vino no es sólo un placer, es ante todo un honor para quienes amamos la cultura del vino. Igual que lo es para los Boisset presentarnos esta porción de tesoro de la humanidad.
Mis impresiones sobre este vino blanco seco, quedan reflejadas de la siguiente forma : color amarillo dorado de intensidad y buen brillo, con una nariz que presenta maravillosas notas de complejidad que se traducen en cítricos maduros, con tostados y mantequilla, dejando luego paso a melisa y flores, con un buen tono de hierbas silvestres secas y un final en donde se reproducen sensaciones de frutas cítricas, con un tono de limón confitado. La boca es sensacional, porque se atribuye austeridad, pero sorprende si se pone atención. Es intensa, muy estructurada, con esencias de mineralidad durante el recorrido, mostrando una raíz cremosa y dulce, repleta de jugosas expresiones, marcando en la acidez un golpe certero y contundente, sin estridencias, pero concediendo frescura. Buena concentración, densidad y untuosidad, nada de pesadas maneras, sabroso y con buen balance. Muy buena persistencia, con una retronasal que abunda en cítricos y que abre una bendita puerta de mineralidad, yodo, bosque y tierra húmeda, poniendo broche de oro y atizando una colleja a todos aquellos puristas y supuestos entendidos ilustrados que siguen dudando a estas alturas del término mineral, asociado a la expresión de un vino.
Cistercium Mater Nostra...un pedazo de vino.
Más que muy recomendable, necesario.

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